Belén Pérez de Prado

Orientacion- Asesoramiento- Supervisión- Coaching

Organizaciones Vivas

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En su teoría del lenguaje Wittengstein señalaba que todo es voruteil, palabra traducible por prejuicio. El ser humano construye a través del lenguaje su propia historia y extrae conclusiones sobre la historia de los grupos y la sociedad en la que se enmarcan y con estos constructos interpreta su propia realidad y la de su entorno.

El modelo antropomórfico defendido por Javier Fernández Aguado -catedrático del área de Dirección General, en el Foro Europeo, doctor en filosofía y en Ciencias Empresariales y coach de alta dirección entre otros numerosos méritos- interpreta a las organizaciones como elementos vivos, que nacen, crecen, se reproducen y en muchos casos enferman y mueren y entender las organizaciones de este modo aporta un conocimiento esencial a la hora de trabajar con ellas y en ellas. Es interesante descubrir cómo las organizaciones tienen un potencial de sentimientos que de no ser tenidos en cuenta pueden dar al traste con los mejores planes de desarrollo del mundo.

Pararse a observar dónde se resiente el sistema, cuáles son sus puntos débiles y sus fuertes ayuda sobremanera a entender la organización y a funcionar de acuerdo con sus posibilidades. Conocer la propia identidad facilita el poder remar a favor del propio viento y que de esta manera puedan brotar ideas y formas de trabajo que abran vías nuevas. Es importante conocer el pulso vital de la empresa para no resistirse y permitir que mueran aquellas normas antiguas que ya de poco o nada sirven y que depotencian y exprimen a los equipos

El Desarrollo Organizacional (D.O.) deja bien claro que la organización por sí misma no existe, son las personas que trabajan en ella y sus clientes los que a través de sus vivencias extraen unas conclusiones, hacen una interpretación histórica de la empresa y de esa manera le dan cuerpo, vida, entidad e identidad. Al consultar diferente bibliografía al respecto se puede concluir que las organizaciones cuentan, por lo tanto y al igual que las personas, con sus zonas de luz y sombra así como con sus zonas grises. Conocer dichas zonas aporta un conocimiento de lo propio que puede ayudar a la hora de intervenir y de mejorar, pueden servir de gran guía a la hora de de reforzar, actualizar y limar aquellos aspectos que se consideren necesarios para conseguir un mejor funcionamiento: un clima en la vida de trabajo más pleno, más satisfactorio, una gestión de todos sus recursos más eficiente, efectiva y eficaz.

La organización, al igual que las personas, no sólo gestiona su conocimiento intelectual teórico, sino que “siente” y por lo tanto sufre y ama, se resiente y se esponja, fluctúa así como se arriesga o retrae dependiendo del clima que en ella se respire. Para ello Javier Fernández Aguado desde su extensa formación y experiencia aporta algunas actitudes que favorecen la vida sana de las organizaciones -que bien pensado podrían ser aplicadas en el mundo de las relaciones personales- como son: el evitar saturarla transmitiendo aquello que pueda ser asumido, no descargar inquietudes interiores sobre quienes no tienen posibilidad ni poder de resolverlas, expresar aquello que ayuda, establecer una comunicación clara y directa, ser generoso en la valoración del otro al manifestar entusiasmo ante el éxito ajeno. El experto indica cómo a la organización le ayuda la valoración positiva en momentos complicados y no “estomaga” bien las amenazas.-si bien le ayuda contar con límites y con ciertas normas de funcionamiento y conocer las consecuencias de saltarse los límites-.

Se podría decir por lo tanto que a las organizaciones hay que “aprenderlas” sin aferrarlas para saber aproximarse a ellas entendiéndolas, para saber cuidarlas. Ser consciente de las expectativas y adecuar los objetivos a sus posibilidades es cuidar la organización, como cuidarla es aceptar que no todo tiene que salir bien y que el mundo no está hecho a la medida de cada uno. La organización necesita respirar y por lo tanto agradece que no se le agobie, que no se corra con el termómetro en ristre para medir todo y a todos a todas horas. La organización necesita guías claras y confianza en las personas que las componen y esto supone en momentos por parte de quienes la dirigen “dejar hacer” a los equipos. Interpretar a los trabajadores como enemigos y tener una baja opinión de ellos incide directamente en la autoestima de la organización entera.

Del mismo modo que ser padre/madre/ formar parte de una pareja hoy en día poco tiene que ver con lo que fue en tiempos pasados, trabajar en la dirección postmoderna conlleva ser sabedor de las características concretas de nuestros tiempos, el contar con una consciencia de aquello que “se cocina” en la sociedad tiene unos efectos directos en las personas que forman los equipos que constituyen una organización. Ya no sirve tener en exclusiva un currículo técnico, hoy en día el dirigir requiere contar con actitudes positivas a las que sumar habilidades comunicativas que sepan conectar de forma optimista y facilitadora con las personas con las que se trabaja. Implica ser un experto/a en eliminar obstáculos para que los equipos puedan centrarse en llevar a cabo sus funciones, ser “jefe/a” tiene que ver con el aprendizaje continuo –aprendizaje sustituido hoy en día en muchas ocasiones con un castrante “yo ya me lo sé” tristemente empobrecedor que raya en el ridículo-

Dirigir tiene que ver con humildad, cuestionamiento y apertura de mente, con saber que no se sabe que anime a tener los ojos abiertos al entorno y a adquirir la formación necesaria como en este caso habilidades de gestión de sentimientos y relaciones; dirigir una empresa lleva consigo saber de sí mismo y de la alteridad y requiere una aplicación inteligente de los recursos de modo que todas las partes se beneficien.

Ninguno de los aspectos mencionados deja fuera los objetivos de empresa, más bien todo lo contrario, es tener en cuenta que si los vínculos con las personas que trabajan en una empresa fallan, si las habilidades de mediación brillan por su ausencia, la empresa tiene muchos boletos para abocarse al desastre. Se cambiarán las piezas, se aplicará un “remedio fantástico” tras otro y se harán cambios que garanticen la supervivencia del antiguo sistema…, y no hace falta ser adivino para predecir que todo ello engrosará el histórico “en negro” y creará resentimientos que se enquistarán en el sistema general, generarán relatos que pasarán en un boca-oreja imparable de los antiguos empleados a los incorporados recientemente y de estos a sus entornos relacionales y de ahí a los clientes y por extensión al grupo social inmediato, que hoy en día debido a las TIC (Tecnologías de la Información y Comunicación) significa la sociedad global entera, en tiempo real…sólo con un click de ratón.

Belén Pérez de Prado

7 Marzo 2009 Publicado por Belén Pérez de Prado | General | | Aún no hay comentarios

De “Coaching Empresarial”, “Subir Arriba” y “Champagne Francés”

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Una visión personal de lo global.

 

         

 

 

 

 

 

 

Me gustan las palabras, creo en ellas, son importantes para mí. Me ayudan a estructurar mi interior y a relacionarme después con mi entorno con orden, ellas facilitan que me ubique y que encaje lo que voy viviendo y aprendiendo en mi sistema personal. Reconozco que soy exigente con ellas, que busco sus matices y me preocupa cuando no es así, cuando veo que la palabra se manosea, cuando el uso que se hace de ellas está desvirtuado.

 

En la época de postmodernidad en la que nos movemos con su fluidez ya gaseosa, casi se ha eclipsado la sencillez y rotundidad que llevaba consigo la expresión: “al pan pan y al vino, vino” y se le ha añadido la complejidad del “pan molde integral y de nueces con 7 semillas y fibra” y “caldo D.O. del Somontano macabeo, cabernet y garnacha blanca“

          Algo me ocurre con el “coaching”, la palabra poco a poco se complejiza tanto que se aleja de mi sistema, es como si ante mis ojos las churras se me hubieran convertido en merinas y yo no pudiera hacer nada por evitarlo. Coaching mayéutico, ontológico, ¿coaching empresarial? coaching grupal, ¿coaching especializado?, presencial, telefónico, ¡floral! en Estados Unidos hay más de cien especializaciones distintas de coaching: de Jubilación, de transición, coaching para profesores,  para el cambio de empleo, las finanzas… ¡coaching para perros!. ¡Una locura!, lo último, lo más “in” anunciado en uno de los carteles de corcho de la Facultad me dejó con los ojos en blanco: ¡curso de “autocoaching”… ¡ (¡para esto sí que no estaba yo preparada!)

Hace unos años en un encuentro profesional en Leiden, en la conferencia que impartió el profesor Zygmunt Bauman sobre la sociedad líquida, la atmósfera se podía cortar en dos entre los supervisores y los coaches. Era sencillo, sólo tenías que poner en una fila a los vestidos con traje, maletín y gemelos y en otra a los de los pañuelos, los vaqueros, camisetas y carpetas. Los enfoques sobre el mismo tema se bifurcaban dando una visión bisoja, triste en mi opinión, en la que los unos ponían en duda a los otros y viceversa.

          Van pasando años desde que comencé mi formación y mi relación con este término, he conocido en directo la lucha de profesionales formadores por comunicar, por definir y por dar a conocer lo que la supervisión y el coaching pueden facilitar, he procurado colaborar con un boca a oreja constante en mi entorno más cercano y sobre todo ejerciendo mi profesión de la manera más respetuosa posible diferenciando los ámbitos y los términos. He celebrado con un buen vino-vino el éxito paulatino de la supervisión-coaching y en un cerrar y abrir de ojos, la paloma me ha salido cuco, se me ha descafeinado el significado término, ¡me lo están travistiendo! Hace unos días en un aeropuerto escuchaba hablar a mi lado a dos personas vestidas de altos ejecutivos de una empresa cuyo conocido nombre estaba grabado en un maletín,  uno de ellos preguntaba al otro, “¿ya te has hecho el coaching?” Si, ya “me lo han hecho”, “además en cuatro sesiones eh?”. En unos conocidos grandes almacenes se presentó hace poco también una señora encantadora toda ella, muy bien peinada y con bien de laca, que convocó a un grupo de personas para dar una sesión informativa sobre “coaching”, comentó cómo después de una vida de ser ama de casa y esposa de un empresario, tras un curso de un fin de semana de coaching, “vio la luz” y descubrió su verdadera misión vocacional en la vida: ayudar a los empresarios a conseguir sus objetivos. Soltó unas cuantas frases  no se bien si de PNL[1] o en este caso de “PLN” (“Programación Lingüoneurótica”) y al final repartió una tarjeta e información sobre cursos de formación exquisitos de fines de semana de lujo organizados en el campo. La gente aplaudió. Mucho.

En la televisión, en programas de alta audiencia como Operación Triunfo y Fama se les ofrece a los estudiantes una sesión de coaching en los que sale un “afamado y reconocido experto”, con un micrófono de color carne pegado a su boca con un esparadrapo diciendo algo así como “visualízate como ganador y sé tu mismo, osea, supermegacree en ti”. Sin comentarios.

          La palabra tiene 76.100 entradas en google. Esto está ocurriendo y esto me espanta. Me asusta. Tengo sensación de que están vendiendo una moto en casa y me siento impotente, no sé cómo hacer. Tengo un problema, mi identidad visto lo visto necesita definirse en estos momentos en lo profesional como identitaria- contraidentitaria: “Yo soy, y, a la vez, no soy eso”. Me escucho desmarcándome, en momentos casi avergonzándome del término y de la prostitución que para mí está conllevando.

          Sólo puedo enviar desde la impotencia y para quedarme tranquila un pequeño mensaje a aquellas personas que tienen intención de experimentar este tipo de asesoramiento.

Informaos. Seleccionad, elegid las manos en las que os ponéis. No os dejéis alucinar por el setting, por los maletines y portafolios, por los “azafatos” y las azafatas, por la puesta en escena. No piquéis en el anzuelo del “poder del control” del “éxito inmediato asegurado”. Buscad contenidos y calidades y  preparaos para la aventura del autodecapamiento. Un proceso de asesoramiento como el de supervisión y coaching no deja impasible al que lo vive. Es cuestionador, remueve cimientos, tambalea creencias, supone esfuerzo, desaprendizaje y humildad, -palabra que según el RAE es la virtud que consiste en el conocimiento de las propias virtudes y debilidades y obrar de acuerdo con este conocimiento; palabra que va unida a descubrir algo que pueda dar la vuelta a tu visión del mundo y de las cosas y está relacionada etimológicamente con Humus, con tierra-. Sugiero que no pierdas ese contacto con la tierra y que una vez decidido te animo a permitirte vivir el proceso, no es fácil y merece la pena.

          Por lo tanto, no hay para mí champagne francés que valga, el champagne si es champagne es francés, es imposible subir a otro sitio que no sea arriba y si se trata de coaching tiene que tener relación con el asesoramiento a la dirección de empresa. Punto. Si no te lo cuentan así te están vendiendo una moto. Te están dando gato por liebre y en muchos casos te están reventando la cuenta corriente y tomándote el pelo. Al menos, si así lo eliges, que sepas que estás siguiendo una formación deformada.

          Y por último, creo que sería más que interesante, necesario, que nosotros como profesionales hagamos un esfuerzo por encontrar las palabras que expresen en qué nos diferenciamos, para no ser englobados en el “más de lo mismo”, para no caer en la connivencia con el término y dediquemos tiempo y ganas para encontrar nuestro espacio, nuestra propia definición y  dar todo ello a conocer.

 

Belén .

[1]  Programación Neurolinguística


10 Noviembre 2008 Publicado por Belén Pérez de Prado | General | | 1 comentario

Asesoramiento a dirección de empresa; reflexión

 

 

 

 

 

 

 

 

Todos nosotros comprobamos día tras día que una de las tareas primordiales del profesional de la ayuda  se centra en el acompañamiento de procesos de resolución de conflictos. Ante la desesperación que genera la falta de consecución de los objetivos marcados por cualquier agente para su empresa, pueden observarse múltiples posiciones. Haré una  recopilación de las que más voy encontrando tomando como caso un hipotético cliente de coaching y una reflexión sobre lo que considero importante sobre nuestra labor como profesionales. 

 

          Observamos cómo el cliente en ocasiones suele optar por desviar la mirada o bien por restar importancia al problema. Nos encontramos ante el uso de factores “desculpabilizadores” genéricos externos, que conducen muy frecuentemente a actitudes tales como “pasar página”. Somos testigos de cómo el cliente saca como conclusión que “la situación global de mercado está condicionando de tal modo la realidad económica que hay que ajustar cinturón a las cotas de mercado y… conformarse”.  A veces el cliente determina mantener la ilusión a base de previsiones de futuro y de fantasías varias y se ampara en el “seguro que para final de año remontamos”. En otras escarba con ojitos de perrito “apaleao” en el histórico de la empresa, para documentar con gráficos que “en el cuaternario todo era diferente”, “¡Oh tempora; oh mores!” sí, definitivamente, puede refugiarse en el  “¡cualquier tiempo pasado fue mejor!” Para intentar salvar la propia autoestima profesional y personal se aplica habitualmente la fórmula de culpar al equipo o a los mismísimos chinos, (algo que está totalmente de moda); echar los balones fuera y buscar un chivo expiatorio o dos, parece  “ayudar”.

          En ocasiones se decide despedir a algunas de las personas y hacer un drástico “casting a la desesperada”, paradójicamente, con la esperanza de que las personas que se incorporan traigan de su mano la solución mágica, la pócima que haga funcionar de nuevo la estructura de su sistema organizacional. El cliente en ocasiones –movido por su desesperación- determina tirar la toalla a un rincón del cuadrilátero o bien opta por la postura contraria: retar “al enemigo” y darle con un guante en la mejilla a la antigua usanza y lanzarse al duelo (con todas las connotaciones que conlleva dicha palabra). A veces llega a compararse con cualquier miembro de la concurrida alteridad competidora y darse por satisfecho ¡claro que sí!, porque al vecino de la empresa “x” le va infinitamente peor y está a punto de cerrar. Presenciamos en casos cómo el cliente “se revienta”, mientras dice poder hacerse cargo de todas las tareas posibles, basándose en la creencia de que en el fondo se rodea de ineptos y nadie lo hace mejor que él mismo, y si para el final del día no se ha “licuado”, puede llegar a confesar- no sin cierto sonrojo- cómo suele derivar toda la presión y descargar su estrés y frustración en su propio entorno familiar. 

          En otros momentos el cliente opta por encallar en el “es imposible”, tropieza en el “no puedo”; carga contra sí mismo e introduce altas dosis de impotencia “en vena”, o bien recurre a la opción de  poner velas, y con los dedos cruzados y con una estampita de “la virgen de los milagros empresariales perpetuos” entre los dedos, decide esperar con la cabeza bajo la almohada a que la “racha gafe” pase y lleguen los añorados siete años de bonanza. Siempre hay quien determina instalarse en el “yo tengo toda la razón y punto”, definitivamente uno de los mejores métodos para no avanzar.

          El aprendizaje recibido y la experiencia nos dice que nosotros, como corresponsables del clima y el proceso, tenemos el encargo de intervenir e influir en estas dinámicas de modo que el mismo sujeto mencionado también desaprenda y sume otras posibilidades que amplíen sus ámbitos de decisión; que se anime a interpretar su realidad, (sea esta la que sea) con cierto talante autocrítico nutricio. Nuestro papel, tal y como yo lo entiendo, se centra en señalar al cliente dónde y cómo le vemos funcionar; en animarle a darse la opción de no cerrarse entre el todo y la nada, en el “cul de sac” que supone el elegir entre el blanco o negro; el  “sí o no”. Nuestras intervenciones van dirigidas a alentar al cliente para que elija un modo de distanciarse lo suficiente del tema como para hacer visibles aspectos objetivos de su realidad empresarial y personal que hasta ese momento parecen relegados a un 2º/3º/4º plano. Podemos colaborar en que el cliente haga consciente su realidad presente y de ese modo se adueñe de ella  para luego apropiarse de la solución. Podemos contagiar ganas y  animarle a ser protagonista activo de su momento, escoltarle a la hora de delimitar su actuación, al definir con claridad el contrato y el ámbito de responsabilidad con los otros miembros de su equipo y alentarle a optar por respetarse al respetar a las personas que trabajan con él.

          Nuestra “misión”, tal como la entiendo, es mayéutica, se centra en acompañar el parto que precede a que el cliente detone el milagro, el de la acción comprometida.

Whitman decía “quién desea y no actúa engendra pestilencia”, para mí es apasionante el abrir ventanas en una sesión de manera que entren la luz y los taquígrafos, como profesional me siento comprometida en colaborar con toda la transparencia de la que soy capaz para nombrar aquello que percibo que depotencia al individuo. Los miedos suelen flotar en la estancia y la dificultad de asumirlos está presente en los casos de asesoramiento a dirección que me voy encontrando. La solución no llega de la noche a la mañana, de nuevo no es algo mágico y ni siquiera depende de cada uno de los agentes por separado, el azar también tiene su intervención en la Historia.

          Acompañar al cliente en el desconcierto hasta que éste ceda, ampliar la imagen para cambiar de perspectiva, aportar aspectos que amplíen su ámbito de decisión, para que esa persona elija focalizar allá donde decida, esa considero que es parte de nuestra tarea como profesionales. Para que el cliente “haga acontecer” un cambio de calidad, debemos permanecer con “ojos internos” abiertos para evitar convertirnos en el mismísimo obstáculo en el propio proceso. Lo que parece ser definitivo es que nuestra capacidad de entrar en contacto con el cliente, nuestro posicionamiento consciente en la aplicación de una escucha activa y un feed-back adecuado a la demanda del momento, el modo de calibrarnos en nuestras intervenciones y no intervenciones, nuestra creatividad y flexibilidad a la hora de aplicar diferentes herramientas tendrán un “efecto mariposa” del que resultarán consecuencias importantes para el cliente, para los equipos que dirige,  para su empresa, y por extensión para su ámbito relacional.

Esto requiere una actualización de la formación constante, un “estar vivo” en el proceso, ser capaz de nombrar lo abstracto, de definir sensaciones, de hacer “objetizables” las emociones para colaborar en que todo ello se acerque al campo de visión del cliente. Todo ello requiere una capacidad de autocrítica y una exigencia ética personal. Desde mi experiencia parvulita percibo una necesidad de estar lo más orientada, despierta, formada y entera posible para desarrollar una tarea apasionante, creativa, llena de retos y de posibilidades, con consecuencias directas en la calidad de vida del cliente. Y es una tarea preciosa, difícil, comprometida y que conlleva dudas y una gran responsabilidad.          

 

El profesor Heinz Kersting decía que en una sesión el que trabaja es el cliente, yo todavía no he llegado a ese punto de maestría y me preocupo (y mucho) cuando salgo de una sesión sin haber “sudado la gota gorda”; la tranquilidad en este contexto para mí es un indicador de que puedo estar tomando a la ligera algunos aspectos y minusvalorando la situación del cliente, y que puedo haberme olvidado de las consecuencias que para otros se derivan de lo que se decide en una sala de reunión a la hora de trabajar en el asesoramiento a dirección de empresa.

 

Belén Pérez de Prado

2 Noviembre 2008 Publicado por Belén Pérez de Prado | General | | 3 comentarios

Ayudarse a ayudar

 www.ningo.com.ar 

 SI yo no me ocupo de mí mismo, ¿quién lo hará?

Y si no me ocupo más que de mí mismo, entonces, ¿qué soy?

Y si no me preocupo ahora, entonces ¿cuando?

Hillel, Tratado de los padres

 

En ocasiones uno valora que una situación o una persona necesita una mejora y sin dedicarle mucho más pensamiento uno se lanzar a ayudar. Lo hace con el corazón en la mano, de buena fe y creyendo a ciencia cierta que de su intervención surgirá un cambio y un beneficio para la persona ayudada y por efecto rebote, uno sabe que ese ayudar le hará sentirse bien.

 

Es habitual encontrar a ayudadores quemados, personas que se han dejado la piel en hacer algo por otras personas y que han llegado a la situación de burn-out por no poder sostener el pulso de la decepción, por no sentirse lo suficientemente recompensados, valorados y/o reconocidos por aquello que han hecho, e incluso por haberse sentido rechazados o sentir que de alguna manera al final se ha abusado de su generosidad; son personas que con el paso del tiempo actúan como gatos escaldados y que muestran reticencia a ayudar, parecen haber jurado como Scarlett O’Hara que nunca ayudarán a nadie, nunca más.

 

Dichos ayudadores, se quejan de haber escuchado frases como: “yo no te pedí ayuda”, “lo hiciste porque quisiste” o “lo hiciste porque te interesó”, algo que en el momento de escucharlo duele … probablemente porque parte de estos comentarios contienen en ellos una parte de realidad.

Ante una situación de ayuda sería interesante tener en cuenta que a unas altas expectativas del ayudador le suelen corresponder unos soberanos batacazos. En mi opinión es aconsejable conectar con el “ayudador-en ocasiones compulsivo- que llevamos dentro y entablar un diálogo reflexivo interno que lleve a deslindar aspectos como: qué se espera haciendo lo que se va a hacer, por lo tanto cuál es el precio (emocional, económico etc.,) que -en agenda oculta- se va a cobrar a la otra persona por ello, qué va a hacer para gestionar su frustración si aparece/ cuando aparezca, entre otros.

 

Es importante diferenciar y separar al otro de uno mismo y entender que la otra persona no tiene por qué acoger la iniciativa de ayuda del modo en el que ha sido planeada. No tiene por qué corresponder, no tiene obligación ni siquiera de agradecer esa misma ayuda que le ha caído encima, sin pedirla.

Es beneficioso descargar la “espoleta” de la ayuda, de manera que cuando uno se ponga en la tarea de ayudar, lo haga consciente de que lo que está haciendo es cubrir una necesidad propia, de forma que no acabe por hacer al ayudado un “regalo trampa” que suponga para él/ella más castigo que bendición.

Por todo esto, sería interesante esperar a que a uno le pidan ayuda antes de darla por cuenta propia.

Por otra parte también es importante analizar un poquito lo que se favorece ayudando y lo que se impide. En circunstancias “normales” la ayuda significa una profunda falta de respeto, es una manera de decirle a la otra persona que no se cree en su propia capacidad de gestionar sus propios problemas y dificultades.

 

Con esa actitud salvadora se puede caer en impedir que la otra persona viva su dificultad y aprenda de ella. Johm O. Stevens en su libro El darse cuenta expresa este aspecto de un modo muy claro: “Una de las maneras más comunes (y también más aceptadas) de no respetar a una persona es correr en su ayuda cuando se siente “mal” o incómoda. Ser “servicial” con actitudes protectoras, impide a la persona vivenciar plenamente su tristeza, cólera, soledad etc., Casi todo “ayudador” tiene fuertes sentimientos de desamparo que se atenúan temporalmente cuando ayuda a alguien”

 

Por lo tanto, antes de ayudar sería conveniente pensar un poco y tener muy claro cuál es el beneficio personal que se va a obtener al aportar dicha ayuda sin cargarlo ni exigirlo al otro, -como por ejemplo sentirse mejor consigo mismo y aumentar por lo tanto la propia valoración personal-, y sería del mismo modo positivo, no poner esa necesidad de satisfacción por encima de los derechos de los demás. Ofrecerse y/o esperar a que las demás personas especifiquen su necesidad de ayuda parece el ejercicio emocional más sano a practicar. Hablar sobre dicha petición hasta tener clara la demanda hace que la decisión de darla o no sea tomada de un modo más responsable y “coloca” a la otra persona.

Pactar las ayudas suele ser algo que favorece el crecimiento y la satisfacción de ambas partes y que facilita que dicha ayuda no se convierta en un motivo de frustración o de falta de respeto.

 

Y dicho todo lo anterior, lo expuesto tiene, a mi entender, claras y rotundas excepciones cuando se trata de niños, ancianos y personas que, por las circunstancias que sea, no están preparadas para asumir la responsabilidad de sus actos al decidir por ellos mismos.

En estos casos, en los que existen ciertas obligaciones ante la ley, debe prevalecer el bienestar de la persona necesitada. Los casos que atañen las personas mayores suelen ser especialmente complicados por lo habitual que resulta encontrar por su parte una negación a recibir ayuda.

Según la edición de abril de Mayo Clinic Women’s Health Source, “la negación es una respuesta común ante una situación estresante y puede ser una manera de afrontar una situación o un mecanismo de defensa importante. Sin embargo, también puede retrasar la respuesta adecuada a situaciones que requieren acción y un cambio. Dicha negación puede obstaculizar el bienestar de la persona, la negación en su sentido más amplio, quiere decir rehusar a reconocer una situación dolorosa o agobiante, evitando los hechos o minimizando las consecuencias”[1].

Según la Organización Mundial para la Salud[2], “la discapacidad se asocia a la reducción de la capacidad de desarrollar una actividad o función dentro de los límites que se consideran normales provocada por una deficiencia o una enfermedad. La dimensión de la discapacidad concierne a comportamientos considerados esenciales como comunicarse, desplazarse, alimentarse etc. Un anciano tiene que vivir en un ambiente limpio y seguro, debe hacer comidas nutritivas, tener ropa de cama y ropa para vestir adecuadas y limpias. Al mismo tiempo, la persona a cargo de las finanzas de una persona mayor debe asegurarse de que su dinero sea utilizado adecuadamente, comprando los servicios necesarios para el beneficio de la persona que recibe los cuidados. El fallar como proveedor de estos cuidados, el no conseguir ayuda para darlos y el fallar al comprar servicios necesarios son considerados formas de abuso o descuido. Por lo tanto si usted está llegando al punto en el que no puede proveer cuidados por razones físicas o emocionales le sugerimos urgentemente que considere las alternativas a sus cuidados personales y que busque ayuda para tomar esta decisión”. [3]

 

En los casos en los que la autonomía falla, es decir, cuando no se puede garantizar la capacidad y derecho de una persona de poder elegir por ella misma las reglas de su conducta, cuando por cuestiones de edad (niños, ancianos) no se cuenta con una clara orientación de los propios actos y es imposible asumir los riesgos que está dispuesto a correr, en los casos en los que la posibilidad de tomar decisiones va unida a la falta de una autovalidez, es decir de la capacidad de la persona de efectuar sin ayuda las actividades de la vida diaria, es importante, imprescindible, buscar ayuda que ponga una estructura que garantice la seguridad y el bienestar de las personas mayores y los niños.

 

En ocasiones como estas “respetar” una negación de ayuda y huir ante un rechazo, equivale a fallar en obligaciones fundamentales, escudarse en el falso respeto, así como en la excusa del “me retiro porque no quiere ser ayudado”,  supone desentenderse y  generar una situación de abandono absolutamente denunciable y fuertemente penalizada por la ley.   

Con todo ello se podría concluir que a la hora de ayudar, de actuar o no hacerlo, es importante reflexionar desde dónde hace uno lo que hace, es necesario, una vez más calibrar, diferenciar y pensar en las consecuencias de nuestros actos en las personas que queremos, es imprescindible en algunos momentos no perderse en la necesidades propias y dar prioridad a las ajenas, tener la generosidad suficiente para salir de los ”enroques” y abrirse al pacto, a la integración de nuevas formas de actuar y buscar siempre el beneficio de aquellas personas que están en una situación de mayor desprotección y por lo tanto y para ello es recomendable buscar formas y fondos que no muestren una falta de respeto a las personas mayores o pequeñas, evitar los gritos, las imposiciones a la fuerza y tomar decisiones consensuadas que no rompan y rasguen y vayan integrando cambios graduales y efectivos en la forma de funcionar.


[1] <http://www.mayoclinic.org/news2007-sp/4647.html>

[2] Cómo atender mejor a nuestros mayores <http://mayores.consumer.es/documentos/comprender/intro.php>

[3] http://fiat.gslis.utexas.edu/~gpasch/guia/hb4.html

27 Agosto 2008 Publicado por Belén Pérez de Prado | General | | 4 comentarios

Cómo hacerte saber… por Walt Whitman

 

 

  

¡Cómo hacerte saber que siempre hay un tiempo!  
Que uno solo debe buscarlo y desearlo.  
Que nadie establece normas, salvo la vida.  
Que la vida sin ciertas normas pierde la forma.  
Que la forma no se pierde con abrirnos.  
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente.  
Que no esta prohibido amar, que también se puede odiar.  
Que el odio y el amor son afectos.  
Que la agresión porque sí duele mucho.  
Que las heridas se cierran, que las puertas no deben cerrarse.  
Que la mayor puerta es el afecto.  
Que los afectos nos definen  
Que definirse no es remar contra la corriente.  
Que cuanto más fuerte es el trazo más se dibuja.  
Que buscar un equilibrio no implica ser tibio.  
Que negar palabras implica abrir distancias.  
Que encontrarse es muy hermoso.  
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida,  
Que la vida forma parte del sexo.  
Que el por qué de los niños, tiene un porque.  
Que el querer saber de alguien, no es sólo curiosidad.  
Que el querer saber todo de todos, es curiosidad malsana,  
Que nunca esta de más agradecer.  
Que autodeterminación, no es hacer las cosas solo.  
Que nadie quiere estar solo.
Que para no estar solo hay que dar,  
Que para dar debemos recibir antes.  
Que para que nos den también hay que saber pedir  
Que saber pedir no es regalarse.  
Que regalarse en definitiva es no quererse.  
Que para que nos quieran, debemos demostrar qué somos.  
Que para que alguien sea, hay que ayudarlo.  
Que ayudar es poder alentar y apoyar.  
Que adular no es apoyar,  
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara.  
Que las cosas cara a cara son mas honestas,  
Que nadie es mas honesto porque no roba.  
Que quien roba, no es ladrón por placer.  
Que cuando no hay placer en las cosas, no se está viviendo  
Que para sentir la vida, no hay que olvidarse que existe la muerte.  
Que se puede estar muerto en vida.  
Que se siente con el cuerpo y con la mente.  
Que con los oídos se escucha,  
Que cuesta ser sensibles, y no herirse  
Que herirse no es desangrarse  
Que para no ser heridos, levantamos muros  
Que quien siembra muros, no cosecha nada  
Que casi todos somos albañiles de muros  
Que sería mejor construir puentes  
Que sobre ellos se va a la otra orilla, y que también se vuelve.  
Que volver, no implica retroceder.  
Que al retroceder, también se puede avanzar.  
Que no por mucho avanzar, se amanece más cerca del sol  
¡Cómo hacerte saber que nadie establece normas, salvo la vida! 

 

Walt Whitman

7 Agosto 2008 Publicado por Belén Pérez de Prado | General | | 5 comentarios

Una aproximación al conflicto.

                        

Sobre los conflictos.                       

“…los conflictos de la mayoría de la gente constituyen en realidad, intentos de evitar los verdaderos conflictos reales. Son desacuerdos sobre asuntos secundarios o superficiales que, por su misma índole, no contribuyen a aclarar ni a solucionar nada. Los conflictos reales entre dos personas, los que no sirven para ocultar o proyectar, sino que se experimentan en un nivel profundo de la realidad interior a la que pertenecen, no son destructivos. Contribuyen a aclarar, producen una catarsis de la que ambas personas emergen con más conocimiento y mayor fuerza”

Erick Fromm. El arte de amar.-

 

Cuando los propios derechos colisionan con los derechos del otro surge el conflicto y con él la ocasión de ratificarse, de abrirse, de pactar y sumar opciones en la relación así como de hacer todo lo contrario. Existen los conflictos que se podrían denominar “tapadera”, aquellos en los que el tema sobre el que se discute en realidad no tiene importancia alguna y sirven como excusa para obtener lo que uno parece necesitar: ocasión para el encuentro o bien para el desencuentro. De nuevo me topo con la complejidad así que tomaré el tema por partes y con calma. Para ello me propongo exponer un caso hipotético que me ayude a simplificar y diseccionar diferentes elementos de aproximación al conflicto:

 

·        Juan y María[1] acuden a un restaurante, se sientan en la mesa, leen la carta, Juan va leyendo y comentando el menú en voz alta y va eligiendo lo que considera mejor. María está de acuerdo en la valoración que Juan hace, y va asintiendo cuando escucha a Juan hablar sobre la calidad de los productos que se ofrecen, Juan resalta que la dorada está fresca y decide que una ensaladita variada sentaría muy bien con un blanco pescador frío…  ¡qué bueno!  Llega el camarero y Juan pide: “ensalada de la casa, dorada y vino blanco fresco… para los dos por favor”.

Opción A:

María calla, come lo que Juan le dice y se siente una “lela”. Opta por no decir nada y se amontona interiormente, recuerda todos aquellos momentos en su vida en los que han tomado decisiones por ella y se siente ninguneada. Cuando llega a casa “causalmente” vomita la comida, pasa un par de días fastidiada (algún ingrediente que no le ha sentado bien), Juan “la cuida” y entre unas cosas y otras ella poco a poco se va sintiendo mejor; entre manzanilla y caldito de gallina, coloca su enfado por dentro como puede, se dice:” no es para tanto, lo ha hecho con buena voluntad” y con ello lo deja pasar, hasta la próxima ocasión, eso sí, sumando el episodio al historial. Muchas gotas colman el vaso y María, en este caso por comerlo y beberlo, un día y con la buena excusa de la menor tontería acabará por reventar.

 

Opción B.- María  se siente tremendamente ofendida, se levanta y deja la servilleta sobre la mesa y a Juan comiendo solo. Decide irse a casa y cambia opta por llorar y no comer. Al enfado de María se le une posteriormente el de Juan por sentirse ridículo frente a todo el comedor y por las formas que María ha elegido para expresar su descontento. Hay bronca doble. María tilda a Juan de aplastador y prepotente, salen situaciones previas en las que ella ha “tragado” y son arrojadas a la cara de Juan. Él se siente fatal y no deja de explicar que no se ha dado cuenta, que su intención era buena y pasa a pedir perdón por ser como es y jurando no volver a repetirlo en su vida. María tiene la sartén por el mango y “los morros” duran varios días. Juan acaba por cansarse de estar detrás de ella. Más adelante vuelve a salir el tema hasta que los dos deciden “pasar página”.

 

Opción C.-

Juan se siente ridículo cuando María pide su menú, se levanta y deja a María colgada en el restaurante. Se siente confuso y ofendido por lo ocurrido, come unos pinchos en un bar y para cuando vuelve a encontrarse con María le deja bien claro que ha vivido la escena como una clara desautorización en público que une a otras que ha vivido en su vida y no soporta… su ego está herido y se siente mal, recuerda a María todas las veces que ella se ha beneficiado de que él se ocupe de ella. María se siente apabullada, culpable, concluye “que se ha pasado” y le pide disculpas. Juan las acepta y todo vuelve a la “normalidad”.

 

 

Opción D.-

María se dirige al camarero con una sonrisa y dice: “sí, una vez que ha anotado su pedido, ahora por favor para mí tráigame un gazpacho, un solomillo poco hecho y un buen tinto rioja…, el postre lo pediremos después ¿verdad cariño?” El camarero mira sorprendido, todos ríen y esta anécdota supone una ocasión para hablar sobre cuántas cosas se dan por hecho en la relación y el peligro de pasar por encima de uno mismo y de otros. En esta opción María se cuida y se da prioridad y cuida su relación al no  machacar a Juan. Pone límites, expresa su deseo, no permite que Juan decida por ella en ese momento y esto da pie para que Juan reflexione y se de cuenta sobre su actitud sin ser culpabilizado ni amonestado por ello. La comida ha supuesto para María una ocasión para ratificar su autonomía y para Juan un aprendizaje que de alguna manera le hace valorar a María con un mayor respeto. Entre risas deciden compartir el postre. Lo acontecido se ancla en la memoria de los dos en positivo de manera que Juan y María se animan a dar y pedir opinión no sólo en los restaurantes sino en otros ámbitos.

 

Existe también entre otras muchas la posibilidad de la opción E.-

 

María adopta el menú de Juan. Ella se da cuenta de que le hubiera apetecido más tomar otra cosa y al no hacer nada al respecto en el momento de pedir Juan, asume lo propio y no culpa a Juan. Se siente responsable de su decisión y disfruta de la comida, a la vez que decide tomar otra opción en una próxima ocasión.  En la opción última, la E, María elabora el tema consigo misma, en este caso Juan permanece ajeno a lo que ella está “cocinando por dentro”. De alguna manera también cuida a Juan al no achacarle lo que no le corresponde y opta por no compartir con él lo que le ocurre, porque ella así lo elige.

 

Queda pendiente de tratar todo el resto de opciones que cubrirían el abecedario entero. Lo que diferencia unas de otras es la consciencia de lo que está ocurriendo, y el modo de calibrar y gestionar lo sucedido. Se puede decir, por lo tanto, que lo que sucede no siempre es tan importante como el enfoque y la interpretación que hacemos de ello.

 

Uno puede ir por la vida eligiendo el color desde el que quiere relacionarse en ese momento, desde el papel del conciliador, del ofendido, de felpudo, o de dictador de tres al cuarto. Se pueden hinchar ofensas y egos, o minimizar los problemas pasando por encima de uno mismo. Se puede mirar a otro lado, hacer como si nada. Lo que no se puede es cambiar al otro, pero sí podemos cambiar los resultados a través de la elección del propio color, de la propia actitud. Si hay una cerrazón por banda y se actúa bajo los mismos patrones de funcionamiento, si la persona con la que nos relacionamos hace exactamente igual el círculo se  vicia y con ello la dificultad de encontrar nuevos lugares desde los que relacionarse de un modo más abierto y creativo.

Cuando uno “hace por otro” o bien “deja hacer” tiene consecuencias inmediatas en la relación entre las personas. El conflicto suele estar ubicado muchas veces en la violencia interna que genera el no haber sido capaz en su momento de expresar la propia opinión y de poner límites a una situación concreta. Se habla de “sentirse superado por los acontecimientos”, y esa violencia sale por nuestros desagües en forma de bronca, de insulto, descalificación o de enfermedad en ocasiones. En un par de las opciones en el ejemplo María y Juan se levantan y se van, no pueden con ello.

 

El enfoque que propongo se une a aquellos que animan a asumir las consecuencias de los propios actos -nada más y nada menos- para ser protagonistas activos en la dirección de los propios actos. No hay una manera mejor ni peor de actuar, no existe la receta mágica, hay una búsqueda de ser consciente de los actos y sus consecuencias.

Una vez más, el detectar necesidades de apetencias, distinguir las pataletas de los aspectos que nos son troncales, y el diferenciar temas en las discusiones son actitudes que ayudan a ubicarse; echar un vistazo por dentro para ver dónde se encuentra uno es importante para esa sanidad de la que se ha hablado en numerosas ocasiones.

Suele necesitarse una carga de razones para enfrentarse a otra persona, es más sencillo no cargar con una mochila tan pesada y no necesitar excusas para expresar el propio descontento. Para  no hacer daño se ocultan opiniones y sensaciones y llega un momento en el que la olla interna “ebulliciona” hasta reventar/nos y en esos momentos paradójicamente son justamente los daños que se querían evitar, más alguno añadido, con los que uno se encuentra de bruces.

 

Por lo tanto y por una cuestión práctica, ahondar en  el propio conocimiento facilita el contar una dote emocional que luego compartir en relación. E. Fromm parece indicarlo al decir: 

 

 “El amor sólo es posible cuando dos personas se comunican entre sí desde el centro de sus existencias, por lo tanto, cuando cada una de ellas se experimenta a sí misma desde el centro de su existencia. Sólo en esa “experiencia central” está la realidad humana, sólo allí hay vida, sólo allí está la base del amor. Experimentando de esa forma, el amor es un desafío constante, no un lugar de reposo, sino un moverse, crecer, trabajar juntos; que haya armonía o conflicto, alegría o tristeza, es secundario con respecto al hecho fundamental de que dos seres se experimenten desde la esencia de su existencia, de que son el uno con el otro al ser uno consigo mismo y no al huir de sí mismos. Sólo hay una prueba de la presencia de amor: la hondura de la relación y la vitalidad y la fuerza de cada una de las personas implicadas; es por tales frutos por lo que se reconoce al amor.”

(continúa)

Belén Pérez de Prado

 

 

 


[1]  Se toma como referencia María y Juan pero de igual modo podría leerse Juan y Pedro., María y Pili, a su vez el género masculino genéricos es utilizados por  optar por la simplificación para no sobrecargar el texto. En sucesivos posts se irá utilizando el género femenino en la totalidad de algunos artículos así como nombres que expresen la variedad y multiplicidad que se encuentra en la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

2 Agosto 2008 Publicado por Belén Pérez de Prado | General | | Aún no hay comentarios

Sistemas de comunicación: Sobre los dichos y los hechos

 

 

 

 

 

 

 

“Las palabras saben cosas de nosotros que nosotros ignoramos de ellas.” René Char

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Algunos expertos, como Salomé y Galland en Si me escuchara me entendería, hablan de las bases de la comunicación, enuncian tres actitudes principales que en la teoría suenan perfectas y que en la práctica son difíciles de aplicar.

1.    Respeto a la expresión de sentimientos y opiniones ajenas.   

2.    Expresión comprometida a través del uso del Yo en vez del “Se” y del “Tú”

3.    Deseo de poner en común diferentes puntos de vista, poniéndolos unos junto para cotejarlos con los del otro sin oponerlos y confundirlos.

 

Estas actitudes tienen como efectos secundarios el separar “lo mío” de “lo tuyo”, el no permitir que otro hable por mí así como invitar al otro a que hable de sí mismo.

Para entenderse no hay necesariamente que opinar igual, ni expresar los mismos sentimientos y también sería interesante señalar en este punto que entender lo que la otra persona expresa no quiere decir estar de acuerdo con su opinión.

 

La palabra está en muchos casos demonizada, parece ser la causa de muchas confusiones y malentendidos.

En ocasiones se habla de los hechos como máxima expresión de los sentimientos mientras que los dichos se presentan como más turbios y falaces. Es cierto que a través de las palabras se marea, manipula, engaña, pero no es menos cierto que es el uso que se hace de ellas el que condiciona el resultado. Se plantea la dicotomía: dichos o hechos. Tal y como yo lo veo no hay por qué elegir entre una cosa u otra. Yo opto por añadir a los hechos, la expresión de los sentimientos. Por lo tanto hechos y dichos sería mi opción. El que las palabras expresen directamente lo que uno siente, piensa y sean reflejos de lo que uno hace lo considero uno de los mejores  y mayores signos de congruencia.

 

Aprendemos a leer e interpretar los hechos y a sacar de ellos conclusiones: “ha hecho esto por mí luego me quiere” (uno puede decir ante esto: “…o no…”); si a esos hechos se les añaden los dichos tenemos una realidad más completa, más redonda. Se espera en ocasiones que el otro escarbe e interprete lo que puede (“…o no”) haber detrás de los hechos, en este campo la fantasía forma una buena parte de dicha interpretación. Si la fantasía de lo que “puede ser” se sustituye por la palabra “que es” la fotografía está completa, es más clara, menos dudosa. Contar con la palabra como elemento clarificador es en mi opinión el mejor antídoto contra las lecturas erróneas. Las interpretaciones son eso, interpretaciones, y las conclusiones que la gente saca de los mismos hechos son múltiples y no siempre acertadas.

Es muy habitual encontrar familias cuyos sistemas de comunicación están basados en la no expresión de los sentimientos. La dificultad (en ocasiones imposibilidad) de expresar lo que se siente suele ser heredada y es extraño encontrar gente “criada” en la expresión directa y equilibrada de sentimientos que opte por suprimirla de su sistema relacional, lo que es más habitual es que uno no pueda dar lo que no le han dado, y que debido a la sequía en expresiones de afecto llegue a concluir que dicha expresión, cuando se da en uno y en especial en los demás, no es más que halago falso, palabrería y babosez.

 

En los grupos humanos se establecen constantemente normas no explícitas y en este tema se extrae la conclusión de que “no es necesario decir”, es más, “decir sobra”. Esas normas implícitas se enraízan en el ser humano y  son difíciles de detectar. Veamos una de ellas…

En ocasiones un niño pequeño llora, la incomodidad de verle sufriendo hace que a su alrededor se accione el movimiento: “dale esto, que no llore”, “llévale allí que no llore”, se le intenta distraer o bien se le pide directamente con voz en diferentes tonos, ¡no llores! El niño puede concluir que llorar atrae la atención del entorno, moviliza al personal, el llorar puede ser internalizado como una herramienta para conseguir cosas y sin duda puede aprender también que llorar delante de la gente es algo que no gusta, que incomoda y crece creyendo que llorar “no está bien”.

A veces la expresión de nuestros sentimientos supone una carga para el entorno. No es difícil encontrar casos en los que la persona que escucha no puede soportar el relato y pone fin a la secuencia levantándose con cualquier excusa, “uy qué tarde, me voy que además estarás cansado” o diciendo cosas como “déjalo ya que esto no te viene bien”, “no cuentes más que lo pasas mal”, o “bueno, lo mejor es pasar página” incluso encontrar el efecto “mira, mira un pajarito”, cuando se saca otro tema para cambiar de conversación… La persona que necesita hablar queda colgada, con una gran sensación de rechazo y frustración encima. En esos momentos ¿no sería más sano expresar la propia dificultad por asimilar el relato que decidir lo qué le viene bien o mal al otro? El mensaje de vuelta sería algo durito y directo pero vendría a ser algo como: Ocúpate de ti, no me hagas la tarea, si no puedo con ello yo mismo dejaré de contar. Nadie me está obligando.

Un niño llora cuando cuenta a su madre cómo se siente con algún compañero del colegio, la madre al escucharle se emociona y llora, el niño levanta la cabeza y dice, “mamá, ¿por quién lloras, por ti o por mi?” Ante la respuesta “por mí”, el niño dice aliviado, “¡menos mal! y se abraza a ella.

Un adolescente con problemas serios plantea en una sesión sus dificultades, cuando se le pregunta si ha comentado algo en su casa (conociendo el interés de sus padres por ayudarle) su respuesta es: “No por favor, los conozco, sufrirían tanto que no puedo soportarlo”.

 

Es una pena que nos perdamos la ocasión de estar al lado y de apoyarnos en las personas a las que queremos porque éstas sufren “por nosotros”, o porque nosotros “sufrimos por ellas”. Uno tiene derecho a cuidarse y a evitarse dolor, no se aboga en este artículo por bombardear el sistema personal, todo lo contrario, sólo creo que es más higiénico responsabilizarse de lo propio y enfocar el tema diciendo/se: “Sufro cuando fantaseo/creo que hago sufrir, o sufro cuando veo sufrir a alguien que quiero”. Ahí la otra persona puede expresar también lo que siente, “sufro cuando tu sufrimiento me impide expresar lo que siento”, “sufro cuando priorizas tu sufrimiento y me apartas de ti” o cuando me juzgas como un empalagoso compulsivo cuando necesito decirte con palabras, además de con hechos que te quiero.

 

En muchas ocasiones no reaccionamos a lo que la otra persona refiere sino que nuestra reacción va dirigida a lo que entendemos de lo que la otra persona expresa. Cotejar con el otro lo que uno entiende suele ayudar a establecer un contacto más en tierra, ayuda a no terminar atribuyéndole al otro  aquello que no ha dicho.

En otras ocasiones nos enzarzamos en buscar que el otro cambie su modo de pensar. Muchas veces nos peleamos con nosotros mismos por no ser capaz de expresar lo que sentimos y por sentirnos malinterpretados. A veces nuestras intervenciones bloquean la comunicación y nos quedamos con una carga de culpa innecesaria.

En una sesión una madre cuenta su preocupación por la actitud de su hijo de 7 años “que no cuenta nada en casa”. Se le ve taciturno, malhumorado y cada vez que ella se aproxima a él para intentar saber qué le pasa, recibe su rechazo. Un día él se acerca y sin más le dice, “no estoy bien… es que…quiero que se muera mi hermano pequeño”. La madre se echa a llorar y le contesta ¡¿pero cómo puedes decir semejante burrada! ¡pero qué clase de monstruo he parido?!. El hijo se retira a su cuarto llorando. La culpa se hace hueco en los dos protagonistas. Desde el enfoque en el que trabajo el lenguaje, como herramienta potente de comunicación, suma y tiene efectos terapéuticos para la persona. En este caso se anima a hacer otra aproximación diferente al tema que plantee el hijo, sería la siguiente: “¡Qué mal lo debes estar pasando!”. De este modo, la otra persona puede sentir el alivio de que se acoja su sentimiento, por negativo que este sea, puede sentirse acompañada, probablemente desde ahí pase a contar más sobre su dificultad, si no hay juicios, si hay una búsqueda de comprensión del sentimiento del otro, sea éste el que sea. Añadido a esto y hablando sobre “mi hijo no me cuenta nada suyo”, es curioso el giro que suele dar la situación cuando uno se pregunta ¿qué estoy sembrando yo? ¿qué le cuento yo a mi hijo de mí?

 

En nuestra sociedad se potencia “lo bueno”, “lo bonito”, “lo brillante”, “lo atractivo”, “lo joven”, “lo productivo, lo nuevo”; “lo feo” “lo conflictivo” es molesto, incómodo y se aparta de un manotazo, se acumula en la sombra o se edulcora, se pinta de rosa para disimularlo y que no se vea. El asumir los sentimientos propios sin categorizarlos, aceptar que dentro de una persona coexiste la grandeza con la pequeñez, la gloria con la miseria es, en mi opinión, un signo de madurez. Entender que si eso ocurre dentro de uno a los demás les pasa algo similar ayuda a ponerse en el lugar del otro. Facilita el encuentro real entre las personas[1].

Bien, de nuevo la complejidad llama a la puerta, hay tantos casos que al final tengo sensación de tocar por encima los temas y perderme en ellos. Espero haber sido capaz de comunicar y que algo de lo que he dejado sirva a alguien para algo. Seguimos en camino.

 

Belén Pérez de Prado


[1] Tengo intención de tratar este tema apasionante del conflicto y su gestión en una próxima entrada.

28 Julio 2008 Publicado por Belén Pérez de Prado | General | | 1 comentario

Pareja y complejidad; Reflexión (3)

 

 

En el final del anterior post se planteaban algunas preguntas. ¿Cómo hacer? ¿Qué pasos seguir para aumentar esa consciencia personal? Conocer qué actitudes son venenosas en la relación puede facilitar deshacer nudos internos. En realidad, se sabe que uno nace abierto al mundo, se heredan creencias de los mayores y se asumen como propias las normativas dirigidas en un principio a “enderezar el tallo” y con ellas se acaba por retorcer el tronco y convertirlo con los años en una parra seca, dolorida, que se pliega sobre si misma.

 

Toda la complejidad a la que nos enfrentamos podría simplificarse si acudimos a un verbo: Desaprender. Tomaré como ejemplo un aspecto, el de los juicios, que sirva de modelo de aproximación al tema.

 

 

JUICIOS SUMARÍSIMOS.

 

Me desconozco y sé de mí.

De mi cielo y mi infierno,

de mis opciones y sus consecuencias.

Sé de mis ternuras y durezas,

Conozco mis dolores y renuncias,

fragmentos de extensión en mi geografía humana.

 

Ni se te ocurra venir a mí con tus juicios,

no me encontrarás en tus interpretaciones.

No te entretengas en valorar mi universo ni para bien ni para mal,

Mejor…, acéptame, siéntate a mi lado,

balancea tus piernas sobre el vértigo de ser,

y si así lo decides

háblame de lo que sabes y desconoces de ti.

Ahí sí encajaremos…

 

Belén.-

 

 

En este aspecto confluyen varios elementos como la importancia de hablar desde el yo. No es lo mismo decir “tú mientes” que “yo no te creo”. No es igual dar una visión personal desde el “yo” sobre el otro, que arrancarse por peteneras y dedicarse a dilucidar y concluir el diagnóstico de lo que le pasa a la otra persona.

Los juicios atan, asfixian, minan la confianza. Proliferan los videntes, los predictores, las bolas de cristal parecen andar de mano en mano con una ligereza que espanta, se echa mano de recetario de consejos y los “ONGs móviles” hacen sonar su sirena cuando menos se desea. En ocasiones apetece susurrar o gritar: “¡Líbreme yo misma de los ayudadores compulsivos…!, sé pedir cuando necesito algo. No me ayudes, hazme el favor, deja que me pierda en mis preguntas hasta encontrarme en mis respuestas, estoy en buenas manos, las mías. No te preocupes por mí más que yo misma. Sólo quiero compartir mi duda, mis encrucijadas, no corras con el “kit de auxilios inmediatos”, gracias pero no, gracias; déjame como estoy.  No me definas, no me hagas la tarea, no me enclaustres en cuatro ideas, soy probablemente parte de lo que dices y mucho, mucho más.”

 

 

La tendencia a enjuiciar se lleva dentro, el juez personal que evalúa y clasifica pensamientos, sentimientos y hechos se suele interiorizar desde la infancia y con él se hacen estragos. Diferentes personalidades parecen pugnar por salir en momentos determinados, y escucharse pasa a veces por necesitar parar el guirigay del diálogo interno. En cada momento elegimos dar prioridad a un personaje interno, el “muñequito” tiene sus propios parámetros de funcionamiento y trae con su actuar consecuencias concretas. El profesor Jesús Hernández Aristu habla de autoridades internalizadas, Oliverio Girondo en Espantapájaros. Editorial Losada. Buenos Aires 1968 expresa esta multiplicidad de actores de la siguiente manera:

 

“Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades. En mi, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad. Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda.

Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C. ¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera! Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan. ¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo – me pregunto – todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?

El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues mis profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia…de un egoísmo… de una falta de tacto… Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no
señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas. Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, que antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.”

La evaluación normativa hacia uno mismo no queda ahí, por desgracia suele trasladarse a los demás. Se hace desde los parámetros personales sobre lo que “tiene que ser” (ante lo cual uno puede preguntarse: ¿quién lo dice? ¿dónde está escrito?), cuando se habla sobre “lo que es normal” (animo a pensar: ¿normal? ¿para quién?). A esto se le añade la expectativa de que la otra persona sea como uno cree que debe ser, en algunos casos esto es peor todavía, se espera que el otro sea como uno cree que tiene el derecho a exigir que sea.

 

 

Es habitual encontrar reproches y ver enfados por que la otra persona no encaja en el puzle de la idea propia. Una de las actitudes más dañinas es la de dar por hecho que el otro debe saber lo qué le agrada y molesta al uno y además esperar que el otro actúe de y de la manera “adecuada”, es decir: la esperada, y para más inrri, sin que se lo pidan ni le den indicación alguna de por donde tirar. Se escuchan frases como “ Desde luego …lo que debería haber salido de ti…”, el otro no sólo debe cumplir el guión sino además hacerlo como y cuándo uno espera que sea cumplido. Si “acierta” ¿zanahoria y caramelito?, si no ¿gong y rapapolvo?.

Las expectativas que no se explicitan son directamente una trampa para la persona a la que decimos amar. Con las que sí se explicitan el otro al menos uno tiene abierta la opción de dejar claro qué parte sí quiere cumplir y cual no, tiene opción a matizar, a pedir que se concretice, al menos de esta manera tiene las manos libres para actuar como así decida hacer.

 

En su momento descubrí lo interesante y necesario que es revisar el conjunto de normas que se llevan selladas en lo personal para tener claro cuales son las áreas en las que uno encalla y en las que el respeto brilla por su ausencia, cuales son las zonas en las que se puede mejorar y en cuales nos permitimos una mayor libertad así como en qué aspectos uno necesita actualizarse eliminando viejas normas de funcionamiento que pudieron ser útiles en el pasado pero que ya no tienen sentido en el aquí-ahora.

 

Se trata de hacer limpieza general de modo que las normas se reconviertan en guías, de manera que el obligatorio “tienes que…x…” se convierta en el liberador “cuentas con la posibilidad de…x…. si así lo eliges”. De uno mismo depende en qué cárceles se mete, tal y como un proverbio chino dice[1]: No podemos impedir que los pájaros negros vuelen sobre nuestras cabezas, pero sí que aniden en ella.

Uno no es responsable de lo que el otro piensa, siente, desea o espera. Uno no “tiene por qué” cumplir las expectativas del otro. Uno no tiene por qué sentirse culpable y menos válido por no ser quién el otro espera que uno sea. Uno tiene derecho a decir basta, a decir no, a decir “ahora no es mi momento”. Vaciarse en el otro, perderse al pretender agradar a toda costa, acusar y culpabilizar tanto a uno mismo como al otro, tiene unos residuos y un precio muy, muy caro que la persona y la relación, tarde o temprano, acaban pagando.

 

 

Belén Pérez de Prado



[1] Salomé Jacques y Galland Sylvie  Si me escuchara me entendería. Editorial Sal Térrea. Santander 1990

26 Julio 2008 Publicado por Belén Pérez de Prado | General | | Aún no hay comentarios

De la pareja y su complejidad; reflexión (2)

              

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una de las características de la postmodernidad es la desintegración de los antiguos vínculos. Las estadísticas sobre separaciones y divorcios se disparan; algo no funciona y cuando esto sucede es aconsejable utilizar diferentes aproximaciones a iguales hechos, esto insta a aprender a aplicar una actitud nueva en la relación de uno consigo mismo que lleve a una conjugación menos enmarañada y más auténtica del verbo amar.

Con seguridad hay mil aproximaciones a este tema, mi propuesta se une a aquellos que piensan que lo más positivo es dejar de enfocar fuera para iluminar el ámbito propio y dedicarse a escuchar, ratificar y cuestionar aspectos del propio modo de estar; aprender a vivir con uno mismo para luego compartir en la convivencia.

El “darse cuenta” es el que puede facilitar la responsabilidad de los propios actos[1] y omisiones, la aceptación de aquello que no puede cambiarse que paradójicamente lleva al cambio. Celedonio Castanedo[2], expresa: “Yo soy lo que soy, y para cambiar es necesario que antes de nada yo sea lo que soy.” El mismo autor añade: “Existen tres tipos de darse cuenta: El darse cuenta externo, compuesto por las sensaciones y percepciones.  El darse cuenta interno, que cuenta con sensaciones y emociones y el darse cuenta de las fantasías que significa una actividad mental.” El darse cuenta de cómo nos sentimos en relación con los otros es el comienzo de la toma de conciencia que influye el área mental y espiritual de la persona.” 

“Por medio del awareness la persona se desplaza hacia una mayor toma de conciencia de sí mismo, su cuerpo, sus emociones, su medio; aprende a tomar como propias sus experiencias, en lugar de proyectarlas a los otros; aprende a darse cuenta de sus necesidades y desarrolla habilidades que le puedan satisfacer sin dañar a los otros. La persona se desplaza hacia un mayor contacto con sus sensaciones, aprendiendo a oler, degustar, tocar, oír, ver, saborear todos los aspectos de la vida. La persona se desplaza hacia la experiencia al conocer su fuerza y la capacidad de darse soporte en lugar de depender del soporte de los otros, culpar o culpabilizarse para movilizar el soporte del medio. Es en el darse cuenta cuando en la persona se desarrolla sensibilidad al establecer contacto con su entorno y al mismo tiempo se viste de una armadura que le protege para hacer frente a las situaciones destructivas que le puedan dañar. Se aprende a tomar responsabilidad por sus acciones y sus consecuencias y se siente bien con “el darse cuenta” de su vida de fantasía y su expresión.

 

John Stevens en El darse cuenta parece señalar en la dirección de la consciencia en el modo de funcionar. Uno puede verse como una herramienta que utilizada de modo adecuado puede facilitar o hacer la vida imposible a quienes comparten su entorno. En las decisiones cotidianas, podemos elegir las interpretaciones que hacemos de los gestos de las otras personas. En nuestra aproximación a ellos podemos optar por ser positivos, creativos y sumar o bien por hacer daño, humillar y tirar por tierra al otro.

“Toda herramienta puede ser usada hábil o torpemente, puede no ser utilizada o utilizada de un modo erróneo. Un martillo puede ser abandonado sobre un estante, donde se convierte en un estorbo más, o puede ser utilizado en forma adecuada para clavar clavos. Un martillo también puede emplearse para hacer un hoyo en una tabla o para aplastarse un dedo.”

Hay personas que ante esta propuesta expresan sus dudas, tienen la sensación de que estar centrado en uno mismo supone un  egoísmo y un alejamiento del otro, existe la creencia de que “una pareja tiene que ser dos en uno”. Mucha gente dice “buscar su media naranja”, en esta reflexión se anima a ser una naranja entera que comparta su zumo con otra/s naranja/s completa/s. Se trataría de ocuparse cada uno de sí mismo y ambos de la relación, podría decirse que una frase recíproca que resume el enfoque propuesto esta sería: “Yo te quiero para ti y me quiero querer contigo”.  Sumar, sumar, sumar…

Fritz Perls dice al respecto:

“Yo hago mis cosas y tu haces tus cosas.

No estoy en este mundo para cumplir tus expectativas,
y tú no estás en este mundo para cumplir las mías.
Tú eres tú y yo soy yo;

Si tenemos la suerte de encontrarnos, es hermoso,
Si no, no podemos remediarlo”
 a lo que Tubbs[3] añade:

 

“Si yo sólo hago mis cosas y tú haces las tuyas
estamos en peligro de perdernos mutuamente, y a nosotros mismos.

Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas;
pero estoy en este mundo para confirmarte como ser humano único, y para ser confirmado por ti.

Somos plenamente nosotros mismos sólo en relación uno al otro; el Yo separado de un Tú se desintegra.

Yo no te encuentro por suerte: te encuentro por una vida activa de lanzarme al encuentro.

Más que permitir pasivamente que las cosas me sucedan,
Yo puedo actuar intencionalmente para hacer que sucedan.

Debo comenzar conmigo mismo, es cierto; pero no debo acabar conmigo mismo: La verdad comienza con dos”

 

Llenar las arcas emocionales con múltiples herramientas de funcionamiento posibilita una frescura que evita el tedio del “más de lo mismo”, el tratarse con respeto y saber ponerse y poner límites favorece que la otra persona se relacione consigo misma desde parámetros sanos. Favorece mirarse a los ojos desde la igualdad y preservar las diferenciaciones que también nos acompañan. Tanto el “vaciarse” en el otro hasta diluir lo propio y no reconocerse, como el absorber al otro hasta que esa persona pierda su norte y su identidad, son actitudes tóxicas que fomentan la dependencia y que llevan al “te quiero porque te necesito” muy diferente al “te necesito porque te quiero” tal y como  promulga Erick Fromm.

Rollo May en Amor y Voluntad dice: “Si la persona puede reorientarse y volver a relacionarse directamente con el mundo, experimentarlo con sus sentidos despiertos, supera la ansiedad”.

Todos estos aspectos están bien, se perfilan como importantes pero uno puede preguntarse ¿Cómo hacer? ¿Qué pasos seguir para aumentar esa consciencia personal? ¿Por dónde empezar para lograr acompañarse internamente? ¿Cómo reafirmarse en lo auténticamente propio y cómo diferenciarse para no perderse en el otro? Una de las expresiones más obvias, más complejas que existen es “Sé tú mismo”, ¿Cómo? si os parece os propongo que exploremos un poco en ello…

(Continúa)

 Belén Pérez de Prado



[1] Naranjo, Claudio La única búsqueda. pag. 163 párrafo 1. “El supuesto de la terapia Gestalt es que todo lo que “sucede” en nosotros es obra nuestra, pero no del ego que pueda estar hablando en ese momento. Es obra de nuestro organismo, y en la medida en que tomamos responsabilidad de ello tomamos conciencia de cómo lo hacemos y volvemos a nuestro organismo, a nuestra totalidad. En términos jungianos, diríamos que nos volvemos lo que ya somos sin darnos cuenta.”

[2] Castanedo C., Terapia Gestalt, Enfoque centrado en el aquí y ahora. Herder.Barcelona 1997

[3] Tubbs, W. “Behond Perls” Journal of Humanistic Psicology, Vol 12, 2 Fall 1972, p.5 

[4] Hernández Aristu,J., Acción comunicativa e intervención social, (Págs.  214-215), Editorial Popular.S.A.  Madrid 1990.

26 Julio 2008 Publicado por Belén Pérez de Prado | General | | Aún no hay comentarios

Las relaciones de pareja y su complejidad. Reflexión (1)

Que la relación con uno mismo es complicada no es novedad alguna, que cuando ponemos en relación dicha complejidad ésta se multiplica exponencialmente es toda una obviedad. En el otro dejamos huella constante de quienes somos, de nuestra naturaleza, expectativas, nuestros deseos, fantasías, necesidades, todas nuestras glorias y miserias se plasman en el entramado del ámbito más íntimo y la unión de las dos partes crea el tejido del tapiz relacional.

 

En la pareja se marca el olor, el sabor, el tacto y la visión de todo el ser. Nuestros miedos y deseos, límites y permisos, nuestra grandeza va unida a las propias desdichas y frustraciones y en  ocasiones a los restos de desventuras vividas en naufragios relacionales anteriores y es la propia consciencia el indicador que guía e insta a ponerse a la tarea de cuidarse y de esa manera cuidar a la pareja. Potenciar lo mejor o lo peor de uno mismo y de la otra persona es una tarea personal e intransferible, depende de uno mismo y de nadie más.

 

Desde la niñez uno va sacando conclusiones y echando un vistazo a su entorno deduce lo que “debe ser[1]”:una buena persona, un buen padre, una buena madre o hijo y por supuesto la “pareja ideal” y con ese patrón unido a la propia experiencia uno va por el mundo, añadiendo y quitando elementos de una lista que configura una  plantilla final con un rasero que mide al padre, al hijo ¡y hasta al mismísimo “espíritu santo”!. Esa lista de expectativas de “lo que tiene que ser” se convierte en muchos momentos en una obligación para la otra persona y en un examen, un listón angustioso que superar para ser querido, para contentar, para no defraudar.

Se puede decir que todo afecta a la relación, lo que hacemos y dejamos de hacer, lo que decimos y callamos, los lugares que señalamos y resaltamos en la pareja, la interpretación que hacemos de sus dichos y hechos lo que permitimos que el otro haga y diga y lo que no, el propio contexto, las formas utilizadas. Funcionamos de modo similar a un catalizador que absorbe lo positivo y negativo y en ocasiones lo que en principio es un saquito ligero que por amor se minimiza, justifica y se echa a la espalda, se convierte con el tiempo en un tren de mercancías que tiene que quemar ingentes cantidades de energía para tirar y que corre con el riesgo de quemar el propio motor.

 

Si a este panorama le añadimos la tendencia del ser humano a sentir culpa y lo sazonamos con una educación en la que el pensar en clave de uno mismo y priorizar lo propio supone ser tildado de egoísta, una sociedad en la que el perdón, el “ser bueno” prima ante ejercer los propios derechos, si le sumamos una tendencia a utilizar el lenguaje con rodeos, recovecos y sin matices, una tendencia a no escucharse ni escuchar y a no expresar lo que se siente, desea y piensa en muchos momentos “por no hacer daño al otro”, si además el conflicto se vive como algo a evitar a toda costa, se obtiene un panorama viciado en el que uno se siente desubicado y en el que relacionarse es sinónimo de soportar, ocultar y aguantar más que de disfrutar.

 

El respirarse en este clima nocivo tiene sus consecuencias, los residuos de frustración se amontonan y la basura propia y ajena amplia su huella ecológica y toma más terreno, más tiempo y espacio interior hasta crear una capa hedionda de rencor, de pataleta y rabia por haber “tragado”; de impotencia por no actuar en cambiar las cosas; de malestar por todas las mentiras y medias verdades que proliferan por evitar una reacción “fuerte” del otro, es común el que la gente refiera el sentirse enmarañado, pillado, con el corazón como una pasa. 

 

Con el vaso así de colmado se busca el escape y se echa mano de la anestesia en cualquiera de sus formas, unos se lanzan al trabajo, el bingo, el alcohol, las drogas o a las compras compulsivas, a cualquier actividad que distraiga de lo que “se cuece por dentro”. Se cotejan datos con lo que uno esperaba de una relación, se idealiza con una vida de ensueño lejos de esa persona junto a una nueva o se fantasea con la muerte del otro como única salida al atolladero. Se señala al otro como único culpable de la situación ambiental no asumiendo la parte propia de responsabilidad en lo que ocurre.

Se transfiere el propio poder al otro y por miedo a hacer daño-a ser dejado, no querido, por miedo a ser juzgado y a enfrentarse al desamor, a la soledad o a la dureza de una verdad- se deja de hacer aquello que sale del alma, eso que aporta ilusión, ganas, vida, y se reprime la creatividad, todo lo que paradójicamente abre las ventanas del alma y deja que la brisa alimente la sonrisa y la alegría en la relación[2].

La miseria se aparea con la frustración y echa raíces en la relación. La miseria es castradora, es la que prefiere que el otro no crezca, no brille, no sobresalga, porque todos los éxitos del otro se interpretan como señaladores de la propia incapacidad. La miseria no soporta posibilidad de “perder” a la otra persona porque realmente la piensa como un objeto de su propiedad. La miseria prefiere al otro con la pata quebrada y en ocasiones consciente o inconscientemente pone la zancadilla a su pareja y se precipita a levantarle del suelo para sentir la propia valía y demostrarse lo necesario que uno es. La miseria hace que en la reláción sea común encontrar situaciones en las que una persona ejerce de “ama de llaves” y organiza la casa ajena porque juzga que es mejor organizador/a que nadie, convierte de esa manera a la otra persona en un/a incapaz para luego quejarse; la miseria ata a su cintura el aro con la llave del contento, de los permisos, del deseo del otro.  

 

Es más que una pena, un destrozo, una avería, que la maravilla de un encuentro íntimo, deseado, mutuo, derive en una situación en la que uno impone su ley y el otro se falta al respeto hasta convertirse en un perrito faldero que mendiga permisos afectos y encuentros. Una lástima que se permita que el otro ejerza su poder decidiendo sobre el deseo ajeno y que haya personas que se vean en la tesitura de venderse para escuchar el deshoje de la margarita: hoy te pospongo, hoy sí te doy “el caramelo”, hoy no, ¿por qué? “porque me duele la cabeza, está nublado, siempre estás pensando en lo mismo, sólo me quieres para esto o no te has portado bien”, la excusa no importa, en definitiva todo aterriza en: porque lo digo yo. 

 

Esta situación, más habitual de lo que sería de desear, crea residuos de ira contra el otro, genera dolor, acatando y callando uno se maltrata en lo más íntimo, vulnera lo más frágil, lo más valioso y sensible, al olvidarse de sí mismo se convierte en un rehén del otro, se pospone, resigna y acostumbra a “ser bueno” para ser premiado con la zanahoria. Se aprende a buscar la palmadita en el lomo y evitar el palo cuando este llega y a pesar de que haya mil chistes sobre el tema, el no poder vivir el propio deseo con la persona con la que se comparte la vida de un modo positivo y creativo no tiene gracia alguna, todo lo contrario hay ocasiones en las que se podría hablar de terrorismo emocional.

 Belén

(Continúa)

 


[1] Perls citado por Castanedo en Terapia Gestalt “La mentalidad del “debe” se encuentra manifiesta o encubierta en toda filosofía, y sin lugar a dudas en toda religión… todos ustedes perciben que crecen completamente rodeados por lo que deben y no deben hacer y que consumen gran parte de su tiempo en jugar “el juego del opresor y del oprimido”, o “juego del auto-mejoramiento”, o “juego de la auto-tortura”. Una parte de ustedes se dirige a la otra y le dice “debes ser mejor, no debes ser así, no debes hacer eso, no debes ser como eres”. El “debeismo” se funda en el fenómeno de la insatisfacción.

[2]Zinker, J., en El proceso creativo en la Terapia Guestáltica dice: “La intención creativa es un anhelo en el propio cuerpo, un deseo de llenar el recipiente de la vida, anhelo que se expresa en energía, movimiento y ritmo. La actividad de crear y su expresión son una afirmación amante de la vida. La creación es un acto de gratitud o un acto de maldición, es el privilegio de saborear, ver y tocar la vida, una celebración del ser.

 

23 Julio 2008 Publicado por Belén Pérez de Prado | General | | Aún no hay comentarios