Cuando lo normal es lo diferente

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Dos obreros colocan un cartel que reza: “Hay que desconfiar de las palabras”, la obra fue creada por el artista francés Ben en 1993 y se encuentra situada en un muro de un edificio de la Place Fréhel, intersección con la rue de Belleville de Paris.
Parto de esta invitación a la desconfianza al acercarme a las acepciones de la palabra normal que ofrece el DRAE, entre ellas se encuentra la siguiente: “que no produce extrañeza, que es general, mayoritario, que ocurre siempre o habitualmente”. Ya partiendo de esta premisa, se puede concluir que si normal es lo que ocurre habitualmente se puede considerar como “normal” la discriminación, la segregación, la exclusión e incluso el mal uso del poder y así podríamos continuar con una lista interminable. En dicha definición también se equipara lo normal a lógico, en este punto también encallo… ¿Lógico? me pregunto qué sentido tiene utilizar la palabra normal cuando la única norma que se repite una y otra vez es justamente la diferencia, es decir, “la cualidad o aspecto por el cual una persona se distingue de la otra, la variedad entre cosas de la misma especie”. En mi opinión de aquí surge lo obvio, lo único lógico es que si normal es aquello que se halla en su estado natural, todos somos normales al ser lo que somos y como sin duda todos nos distinguimos unos de otros, todos somos, lógicamente, al mismo tiempo diferentes. Siguiendo con la definición mencionada previamente el DRAE señala como característica de lo normal: “que por su naturaleza se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano”, al leer esto surgen las preguntas: ¿qué normas?, ¿quién y cuando las establece?, ¿por qué, para qué?, ¿con qué intereses?, ¡con el mercado hemos topado!
El miedo que se siente hacia lo desconocido lleva al ser humano a apartarse, a parapetarse en lo propio y calificar lo de los demás como extraño, como raro, descartable, anormal. Esta actitud provoca terribles desigualdades generadoras de conflictos, crea múltiples departamentos con sus respectivas ventanillas y su correspondiente burocracia, conlleva delimitaciones, fronteras, pasos vetados a personas, cotos privados e intereses múltiples. Mientras que el ser humano necesita la paradoja de preservar la independencia de su identidad y conjugarla con la pertenencia a un grupo, nuestra sociedad se ha especializado en el ninguneo y la explusión de todo aquello que considera indeseable y así ha vuelto la espalda a una parte de las condiciones inherentes a su humanidad como son la debilidad,ell fracaso, la ruina, la muerte y por lo tanto a parte de su propia naturaleza. Es curioso, se olvida muchas veces que estamos en esta vida de paso, que nacemos sin nada y así es como morimos. Si se tiene en cuenta esto parece ridículo vivir instalado en el miedo a que alguien arrebate lo que a nadie pertenece, pero nos encontramos con una sociedad con orejeras que aleja a coz limpia todo lo que no quiere ver, que sólo contempla como válido lo suyo, que desprecia lo que desconoce y se enrroca en fuentes propias que ratifican sus creencias y fantasías sobre el otro que poco tienen que ver con la realidad. “Saciedad” que está cargada hasta el hastío de normas excluyentes, de actitudes determinadas de personas que pretenden legitimar (y lo peor es que en muchas ocasiones lo consiguen) consideraciones “anti-personas” tremendas sobre la vida y comportamiento, el nivel intelectual, las costumbres, los modos de sentir, pensar, decir y hacer de otros. Desde aquí se etiqueta, se juzga, se discrimina, se resta y sobre todo se consensúan como problemas lo que son meras circunstancias. Así se declara “ no es normal” lo que no encaja en lo que “tiene que ser” (como reza el evangelio según “San unomismo“)
Sería una delicia que se enseñara a asumir el miedo que supone el desconocimiento del otro, la impotencia, la inseguridad que ocasiona la falta de control de lo ajeno, el desconcierto que supone vivir en entornos que atacan “por si acaso” y se protegen “por si las moscas” (en muchas ocasiones de quien no supone una amenaza). Es una lástima que entre todos sigamos creando una sociedad que se pierde a sí misma al despreciar una realidad llena hasta las orejas de la riqueza cultural de códigos múltiples en la interpretación del mundo. Sería una maravilla que se entendiera que se ama lo que se conoce y que sólo abriéndose a ello es como se vence tanta triste separatidad.
En lo personal quiero la normalidad de lo diferente, quiero la variedad de lo inhabitual, quiero el descoloque, la ternura, la sorpresa y el alboroto, quiero la más amplia gama posible de sabores, olores y colores; quiero la aventura de disfrutar de las diversas tesituras, de sonidos, de formas similares y diferentes. Se me abren los ojos como platos cuando tengo ocasión de conocer, o escucho hablar de otros países y me enamora la sutileza y la complejidad de algunas sociedades, me crecen los dientes cuando me hablan de los valores en otras tierra. Quiero para mí la humildad, el tesón y el orgullo, el ritmo y la capacidad de asumir la realidad de cada cultura. Desde unas premisas de respeto, quiero aprender de las personas, lo bonito y lo menos agradable, las que conozcan y quieran lo suyo y las que no, aunque muchas veces signifique decidir alejarme, salir touché e incluso herida de la experiencia, aunque signifique arriesgarse a hacer el ridículo ante lo desconocido, a riesgo de cuestionar lo propio e incluso justamente para esto último, quiero que la normalidad de mi diferencia crezca, disfrutar del juego con toda la baraja y no quiero pasarme la vida con mis cuatro pobres ideas: as, sota, caballo y rey.
Al terminar esta reflexión ya me encuentro más reconciliada con la palabra “normal”, dejo de desconfiar, vuelvo a leer la acepción en limpio y decido quedarme con esta palabra para contextualizarla en un sentido de vía único: en el incluyente e integrador.
Belén
[1] Las modas son un buen ejemplo de ello, los movimiento punk, grunch, underground, así como todos aquellos que continuamente surgen como respuesta a la necesidad de desmarcarse del más de lo mismo y del consumismo feroz han acabado siendo engullidos y exprimidos por el mercado.

Interesante nota que me puso en claro varios conceptos que tengo. Gracias