El undécimo: no perdonarás. Una reivindicación de la resistencia
Hace muy poco tiempo -y puedo decir que por fin- ha llegado a mis manos un libro de Alice Miller titulado El Cuerpo nunca Miente (Tusquets, Barcelona 2009). Sugiero su lectura a aquellas personas que hayan encallado en la demanda de perdón y que quieran respirar y encontrar argumentos con los que entenderse y no culpabilizarse por ello. El libro trata del conflicto entre lo que se siente y se sabe ‒porque está almacenado en nuestro cuerpo‒ y lo que nos gustaría sentir para cumplir con las normas morales interiorizadas desde la infancia. El Cuerpo Nunca Miente aporta unos argumentos interesantes para cuestionar y elaborar conclusiones personales sobre algunos aspectos del perdón. En estas líneas me propongo compartir mi opinión al respecto…
El DRAE especifica que perdonar es “el dicho de quien ha sido perjudicado por ello: remitir la deuda, ofensa, falta, delito u otra cosa”. En psicología se dice que perdonarse uno mismo y perdonar a aquella persona que te ha ofendido es la mejor manera de gestionar las situaciones para que éstas no se enquisten, se postula que no perdonar es sinónimo de vivir anclado en el rencor, supone la enfermedad del espíritu que provoca la dolencia del cuerpo. Por otra parte, el perdón es uno de los pilares fundamentales de cualquier católico apostólico romano; este mismo año es Jacobeo y todo aquel que se acerque a Santiago será perdonado de todos sus pecados, así de sencillo, ¡qué maravilla! se hace un viajecito a la preciosa ciudad de Santiago y además de comer marisquito uno puede volver a su hogar con todo perdonado, ¡ya está!, ¡es como la versión lúdicoturística del rezar “nosecuantas avemarías y padresnuestros”! el resultado es que ya se puede volver a comenzar desde cero.
Nuestro sistema personal registra vivencias de acontecimientos tanto de un modo consciente como inconsciente. Se habla sobre el perdón, mucho y en ocasiones a la ligera, y es habitual escuchar: “aquí no ha pasado nada”, “pasemos página”, “borrón y cuenta nueva”. En ocasiones -y como mucho- se reivindica no olvidar, pero eso sí, perdonar “hay que” perdonar. Perdonar parece ser signo de ser “buena persona” y no hacerlo se interpreta como ser rencoroso, resentido, vengativo, malévolo al fin y al cabo.
En mi opinión perdonar no es tan sencillo, ni siquiera creo que sea tan positivo, a veces incluso siento que simplemente no es posible. El hecho de dar órdenes contra lo que uno siente es un modo más de agredir directamente al sistema personal. Perdonar, en estos casos, es hacer una tarea del otro que sólo al otro le corresponde, algo que encaja más con otra de las acepciones del DRAE la que habla de “eximir a alguien de la obligación que tiene”. Puede ser un modo de colaborar para que la persona que ha ofendido no asuma las consecuencias de lo dicho/ hecho y no se enfrente con la obligación que tiene de asumir sus actos y sentimientos, la posibilidad de confrontarse con la parte más fea de sí mismo: encontrarse con su propia sombra.
Perdonar no borra nada de lo ocurrido; las consecuencias y residuos de lo que se hace y uno permite que le hagan permanecen marcadas como cicatrices en la piel de la memoria. Nuestro organismo está preparado para anotar lo vivido, actualizar su información constantemente y sacar conclusiones de ello. El mismo organismo cuenta con mecanismos propios de protección y borra de la memoria acontecimientos que podrían desestabilizar a la persona; es el sistema biofísico el que activa el recuerdo cuando este puede ser gestionado por la persona, así que sabe regularse perfectamente, no hace falta forzarlo ni manipularlo a base de crearle culpa cuando decide resistirse a perdonar.
La reivindicación que desde aquí planteo es que a la posibilidad de perdonar se le suma el ejercer libremente el derecho de no perdonar. No se trata de estar anclado en odio alguno, no se propone vivir con un resquemor y un rencor que como una sombra esté presente en todos los momentos de la vida. No es cuestión de hacer una cruzada en contra de la persona que ha ofendido. El no perdón del que hablo no busca venganza, ni tampoco hurgar en la herida de modo que nunca llegue a sanar.
Parte de que uno no es dios alguno para dar o retirar el perdón a nadie, indica los aspectos beneficiosos de dejar un lugar para la aceptación del sentimiento de “no perdonar”, sin pelearlo, sin hacer esfuerzos, aceptando sin más lo que se siente. Se trata de no alimentar el sentimiento de rencor para sencillamente “dejarse estar” sin exigirse, entendiendo que en ocasiones obligarse a perdonar supone pasar por encima de uno mismo y hacerse daño .
Toda situación que en principio requiere un perdón puede ser interpretada también como ocasión de replanteamiento y de reflexión para aquella persona que ha cometido una ofensa, es una estupenda oportunidad para ponerse en el lugar del otro y para darse cuenta no tanto el por qué se hecho algo sino el para qué se ha hecho, qué necesidad propia se ha buscado satisfacer al hacer daño a la otra persona.
Todo esto plantea una situación en unos términos diferentes. Si para encontrar sosiego después de una metedura de pata no se cuenta con la gratuita bendición ajena ¿cómo actua el ofensor? ¿es este no perdón entonces sinónimo de callar y dejar que las cosas sigan hacia adelante como si nada? Nada más lejos de ello. En mi experiencia a la reflexión le sigue un diálogo ‒que no un monólogo lleno de justificaciones‒ en el que compartir con el ofendido la sensación de desolación y desasosiego que se experimenta al haberle hecho daño. Supone asimismo dar la cara y enfrentar las consecuencias de lo hecho, buscar entender qué necesidad le movió a hacer o decir aquello que ha causado el conflicto y poner todos los medios para que no vuelva a repetirse.
Un diálogo así facilita una mayor transparencia y establecer límites y nuevas normas en la relación. Esa valentía, reconocimiento y esfuerzo de reflexión es suficiente para provocar la sensación de riqueza que aporta un intercambio de modos de sentir. Esa postura de madurez -que hace énfasis en lo siento más que en el perdóname- puede generar un sentimiento de comprensión y una valoración que ayude a la parte ofendida a sopesar hasta qué punto es un hecho que ha aportado algo positivo, que ha abierto la puerta a conocer más sobre la otra persona y sobre la relación y con ello puede contar con más datos para decidir seguir adelante… o no.
En mi opinión, el lloriqueo con ojitos de cordero, el ponerse de rodillas con actitud mansa y culpable, jurar por lo más sagrado no volver a repetir lo que en muchas ocasiones muchas veces se ha repetido, no lleva a ninguna parte positiva; lo que es más, crea unos antecedentes peligrosos y situaciones como estas pueden favorecer que se de una vuelta de la tortilla, en la que la persona inicialmente ofendida agarre la tentación y la sartén por el mango y se aproveche de su posición de “bueno de la película” para vapulear al ofensor y se cebe en su sentimiento de culpa. Situaciones como estas suponen colaborar con el enemigo y darle cancha para seguir dando hilo a la cometa.
Como antídoto a ello, en lo personal voto por la consciencia y por asumir la responsabilidad de los propios actos y sus posibles consecuencias. Creo que en un 90% de las ocasiones, por muchos cuentos que uno se cuente, uno sabe cuando está a punto de hacer daño y si así lo decide puede optar por evitarlo. Cuando sabiéndolo decide continuar adelante la prioridad está clara, el mensaje es evidente, no hay más que abrir los ojos para ver.
Yo hoy por hoy en el ámbito personal voy saturada de perdones; hay situaciones que he vivido que están marcadas en mí de por vida, porque sí, sin comerlo ni beberlo, todo “gracias” a los hechos de algunas personas a las que sinceramente, si perdonara no me perdonaría en la vida.
Desde esta experiencia y reflexión en el ámbito profesional suelo esperar a escuchar lo que el perdón significa para la persona en asesoramiento; cuido muy mucho el no caer en el recetismo y en ocasiones al encontrarme con indigestiones de perdón, al mencionar la posibilidad del no perdón he visto el alivio brillar en ojos cansados de obligarse a perdonar. Este tipo de experiencias animan a abrir los ojos a otras realidades que van más allá de las fórmulas repetidas, e instan una vez más a escucharse e indagar en la complejidad de la propia biografía para encontrar vías para entender al otro. ¡Una manera estupenda de reciclar lo vivido, ahora que se habla tanto de la sostenibilidad emocional!
Belén


Tú naturalmente no podías saberlo, pero no sabes cuánto bien me ha venido ahora justamente y en este preciso momento lo que has escrito.
Efectivamente; tengo derecho a NO perdonar algunas cosas.
Y ya está bien de encima querer sentirme culpable por NO perdonar lo que no tuvo perdón.
Es una historia muy vieja, tanto que todo el mundo la ha olvidado, salvo yo. Naturalmente.
Gracias. Suspiro de alívio.