Belén Pérez de Prado

Orientacion- Asesoramiento- Supervisión- Coaching

Una aproximación al conflicto.

                        

Sobre los conflictos.                       

“…los conflictos de la mayoría de la gente constituyen en realidad, intentos de evitar los verdaderos conflictos reales. Son desacuerdos sobre asuntos secundarios o superficiales que, por su misma índole, no contribuyen a aclarar ni a solucionar nada. Los conflictos reales entre dos personas, los que no sirven para ocultar o proyectar, sino que se experimentan en un nivel profundo de la realidad interior a la que pertenecen, no son destructivos. Contribuyen a aclarar, producen una catarsis de la que ambas personas emergen con más conocimiento y mayor fuerza”

Erick Fromm. El arte de amar.-

 

Cuando los propios derechos colisionan con los derechos del otro surge el conflicto y con él la ocasión de ratificarse, de abrirse, de pactar y sumar opciones en la relación así como de hacer todo lo contrario. Existen los conflictos que se podrían denominar “tapadera”, aquellos en los que el tema sobre el que se discute en realidad no tiene importancia alguna y sirven como excusa para obtener lo que uno parece necesitar: ocasión para el encuentro o bien para el desencuentro. De nuevo me topo con la complejidad así que tomaré el tema por partes y con calma. Para ello me propongo exponer un caso hipotético que me ayude a simplificar y diseccionar diferentes elementos de aproximación al conflicto:

 

·        Juan y María[1] acuden a un restaurante, se sientan en la mesa, leen la carta, Juan va leyendo y comentando el menú en voz alta y va eligiendo lo que considera mejor. María está de acuerdo en la valoración que Juan hace, y va asintiendo cuando escucha a Juan hablar sobre la calidad de los productos que se ofrecen, Juan resalta que la dorada está fresca y decide que una ensaladita variada sentaría muy bien con un blanco pescador frío…  ¡qué bueno!  Llega el camarero y Juan pide: “ensalada de la casa, dorada y vino blanco fresco… para los dos por favor”.

Opción A:

María calla, come lo que Juan le dice y se siente una “lela”. Opta por no decir nada y se amontona interiormente, recuerda todos aquellos momentos en su vida en los que han tomado decisiones por ella y se siente ninguneada. Cuando llega a casa “causalmente” vomita la comida, pasa un par de días fastidiada (algún ingrediente que no le ha sentado bien), Juan “la cuida” y entre unas cosas y otras ella poco a poco se va sintiendo mejor; entre manzanilla y caldito de gallina, coloca su enfado por dentro como puede, se dice:” no es para tanto, lo ha hecho con buena voluntad” y con ello lo deja pasar, hasta la próxima ocasión, eso sí, sumando el episodio al historial. Muchas gotas colman el vaso y María, en este caso por comerlo y beberlo, un día y con la buena excusa de la menor tontería acabará por reventar.

 

Opción B.- María  se siente tremendamente ofendida, se levanta y deja la servilleta sobre la mesa y a Juan comiendo solo. Decide irse a casa y cambia opta por llorar y no comer. Al enfado de María se le une posteriormente el de Juan por sentirse ridículo frente a todo el comedor y por las formas que María ha elegido para expresar su descontento. Hay bronca doble. María tilda a Juan de aplastador y prepotente, salen situaciones previas en las que ella ha “tragado” y son arrojadas a la cara de Juan. Él se siente fatal y no deja de explicar que no se ha dado cuenta, que su intención era buena y pasa a pedir perdón por ser como es y jurando no volver a repetirlo en su vida. María tiene la sartén por el mango y “los morros” duran varios días. Juan acaba por cansarse de estar detrás de ella. Más adelante vuelve a salir el tema hasta que los dos deciden “pasar página”.

 

Opción C.-

Juan se siente ridículo cuando María pide su menú, se levanta y deja a María colgada en el restaurante. Se siente confuso y ofendido por lo ocurrido, come unos pinchos en un bar y para cuando vuelve a encontrarse con María le deja bien claro que ha vivido la escena como una clara desautorización en público que une a otras que ha vivido en su vida y no soporta… su ego está herido y se siente mal, recuerda a María todas las veces que ella se ha beneficiado de que él se ocupe de ella. María se siente apabullada, culpable, concluye “que se ha pasado” y le pide disculpas. Juan las acepta y todo vuelve a la “normalidad”.

 

 

Opción D.-

María se dirige al camarero con una sonrisa y dice: “sí, una vez que ha anotado su pedido, ahora por favor para mí tráigame un gazpacho, un solomillo poco hecho y un buen tinto rioja…, el postre lo pediremos después ¿verdad cariño?” El camarero mira sorprendido, todos ríen y esta anécdota supone una ocasión para hablar sobre cuántas cosas se dan por hecho en la relación y el peligro de pasar por encima de uno mismo y de otros. En esta opción María se cuida y se da prioridad y cuida su relación al no  machacar a Juan. Pone límites, expresa su deseo, no permite que Juan decida por ella en ese momento y esto da pie para que Juan reflexione y se de cuenta sobre su actitud sin ser culpabilizado ni amonestado por ello. La comida ha supuesto para María una ocasión para ratificar su autonomía y para Juan un aprendizaje que de alguna manera le hace valorar a María con un mayor respeto. Entre risas deciden compartir el postre. Lo acontecido se ancla en la memoria de los dos en positivo de manera que Juan y María se animan a dar y pedir opinión no sólo en los restaurantes sino en otros ámbitos.

 

Existe también entre otras muchas la posibilidad de la opción E.-

 

María adopta el menú de Juan. Ella se da cuenta de que le hubiera apetecido más tomar otra cosa y al no hacer nada al respecto en el momento de pedir Juan, asume lo propio y no culpa a Juan. Se siente responsable de su decisión y disfruta de la comida, a la vez que decide tomar otra opción en una próxima ocasión.  En la opción última, la E, María elabora el tema consigo misma, en este caso Juan permanece ajeno a lo que ella está “cocinando por dentro”. De alguna manera también cuida a Juan al no achacarle lo que no le corresponde y opta por no compartir con él lo que le ocurre, porque ella así lo elige.

 

Queda pendiente de tratar todo el resto de opciones que cubrirían el abecedario entero. Lo que diferencia unas de otras es la consciencia de lo que está ocurriendo, y el modo de calibrar y gestionar lo sucedido. Se puede decir, por lo tanto, que lo que sucede no siempre es tan importante como el enfoque y la interpretación que hacemos de ello.

 

Uno puede ir por la vida eligiendo el color desde el que quiere relacionarse en ese momento, desde el papel del conciliador, del ofendido, de felpudo, o de dictador de tres al cuarto. Se pueden hinchar ofensas y egos, o minimizar los problemas pasando por encima de uno mismo. Se puede mirar a otro lado, hacer como si nada. Lo que no se puede es cambiar al otro, pero sí podemos cambiar los resultados a través de la elección del propio color, de la propia actitud. Si hay una cerrazón por banda y se actúa bajo los mismos patrones de funcionamiento, si la persona con la que nos relacionamos hace exactamente igual el círculo se  vicia y con ello la dificultad de encontrar nuevos lugares desde los que relacionarse de un modo más abierto y creativo.

Cuando uno “hace por otro” o bien “deja hacer” tiene consecuencias inmediatas en la relación entre las personas. El conflicto suele estar ubicado muchas veces en la violencia interna que genera el no haber sido capaz en su momento de expresar la propia opinión y de poner límites a una situación concreta. Se habla de “sentirse superado por los acontecimientos”, y esa violencia sale por nuestros desagües en forma de bronca, de insulto, descalificación o de enfermedad en ocasiones. En un par de las opciones en el ejemplo María y Juan se levantan y se van, no pueden con ello.

 

El enfoque que propongo se une a aquellos que animan a asumir las consecuencias de los propios actos -nada más y nada menos- para ser protagonistas activos en la dirección de los propios actos. No hay una manera mejor ni peor de actuar, no existe la receta mágica, hay una búsqueda de ser consciente de los actos y sus consecuencias.

Una vez más, el detectar necesidades de apetencias, distinguir las pataletas de los aspectos que nos son troncales, y el diferenciar temas en las discusiones son actitudes que ayudan a ubicarse; echar un vistazo por dentro para ver dónde se encuentra uno es importante para esa sanidad de la que se ha hablado en numerosas ocasiones.

Suele necesitarse una carga de razones para enfrentarse a otra persona, es más sencillo no cargar con una mochila tan pesada y no necesitar excusas para expresar el propio descontento. Para  no hacer daño se ocultan opiniones y sensaciones y llega un momento en el que la olla interna “ebulliciona” hasta reventar/nos y en esos momentos paradójicamente son justamente los daños que se querían evitar, más alguno añadido, con los que uno se encuentra de bruces.

 

Por lo tanto y por una cuestión práctica, ahondar en  el propio conocimiento facilita el contar una dote emocional que luego compartir en relación. E. Fromm parece indicarlo al decir: 

 

 “El amor sólo es posible cuando dos personas se comunican entre sí desde el centro de sus existencias, por lo tanto, cuando cada una de ellas se experimenta a sí misma desde el centro de su existencia. Sólo en esa “experiencia central” está la realidad humana, sólo allí hay vida, sólo allí está la base del amor. Experimentando de esa forma, el amor es un desafío constante, no un lugar de reposo, sino un moverse, crecer, trabajar juntos; que haya armonía o conflicto, alegría o tristeza, es secundario con respecto al hecho fundamental de que dos seres se experimenten desde la esencia de su existencia, de que son el uno con el otro al ser uno consigo mismo y no al huir de sí mismos. Sólo hay una prueba de la presencia de amor: la hondura de la relación y la vitalidad y la fuerza de cada una de las personas implicadas; es por tales frutos por lo que se reconoce al amor.”

(continúa)

Belén Pérez de Prado

 

 

 


[1]  Se toma como referencia María y Juan pero de igual modo podría leerse Juan y Pedro., María y Pili, a su vez el género masculino genéricos es utilizados por  optar por la simplificación para no sobrecargar el texto. En sucesivos posts se irá utilizando el género femenino en la totalidad de algunos artículos así como nombres que expresen la variedad y multiplicidad que se encuentra en la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

2 Agosto 2008 - Publicado por Belén Pérez de Prado | General | | Aún no hay comentarios

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