Sistemas de comunicación: Sobre los dichos y los hechos
“Las palabras saben cosas de nosotros que nosotros ignoramos de ellas.” René Char
Algunos expertos, como Salomé y Galland en Si me escuchara me entendería, hablan de las bases de la comunicación, enuncian tres actitudes principales que en la teoría suenan perfectas y que en la práctica son difíciles de aplicar.
1. Respeto a la expresión de sentimientos y opiniones ajenas.
2. Expresión comprometida a través del uso del Yo en vez del “Se” y del “Tú”
3. Deseo de poner en común diferentes puntos de vista, poniéndolos unos junto para cotejarlos con los del otro sin oponerlos y confundirlos.
Estas actitudes tienen como efectos secundarios el separar “lo mío” de “lo tuyo”, el no permitir que otro hable por mí así como invitar al otro a que hable de sí mismo.
Para entenderse no hay necesariamente que opinar igual, ni expresar los mismos sentimientos y también sería interesante señalar en este punto que entender lo que la otra persona expresa no quiere decir estar de acuerdo con su opinión.
La palabra está en muchos casos demonizada, parece ser la causa de muchas confusiones y malentendidos.
En ocasiones se habla de los hechos como máxima expresión de los sentimientos mientras que los dichos se presentan como más turbios y falaces. Es cierto que a través de las palabras se marea, manipula, engaña, pero no es menos cierto que es el uso que se hace de ellas el que condiciona el resultado. Se plantea la dicotomía: dichos o hechos. Tal y como yo lo veo no hay por qué elegir entre una cosa u otra. Yo opto por añadir a los hechos, la expresión de los sentimientos. Por lo tanto hechos y dichos sería mi opción. El que las palabras expresen directamente lo que uno siente, piensa y sean reflejos de lo que uno hace lo considero uno de los mejores y mayores signos de congruencia.
Aprendemos a leer e interpretar los hechos y a sacar de ellos conclusiones: “ha hecho esto por mí luego me quiere” (uno puede decir ante esto: “…o no…”); si a esos hechos se les añaden los dichos tenemos una realidad más completa, más redonda. Se espera en ocasiones que el otro escarbe e interprete lo que puede (“…o no”) haber detrás de los hechos, en este campo la fantasía forma una buena parte de dicha interpretación. Si la fantasía de lo que “puede ser” se sustituye por la palabra “que es” la fotografía está completa, es más clara, menos dudosa. Contar con la palabra como elemento clarificador es en mi opinión el mejor antídoto contra las lecturas erróneas. Las interpretaciones son eso, interpretaciones, y las conclusiones que la gente saca de los mismos hechos son múltiples y no siempre acertadas.
Es muy habitual encontrar familias cuyos sistemas de comunicación están basados en la no expresión de los sentimientos. La dificultad (en ocasiones imposibilidad) de expresar lo que se siente suele ser heredada y es extraño encontrar gente “criada” en la expresión directa y equilibrada de sentimientos que opte por suprimirla de su sistema relacional, lo que es más habitual es que uno no pueda dar lo que no le han dado, y que debido a la sequía en expresiones de afecto llegue a concluir que dicha expresión, cuando se da en uno y en especial en los demás, no es más que halago falso, palabrería y babosez.
En los grupos humanos se establecen constantemente normas no explícitas y en este tema se extrae la conclusión de que “no es necesario decir”, es más, “decir sobra”. Esas normas implícitas se enraízan en el ser humano y son difíciles de detectar. Veamos una de ellas…
En ocasiones un niño pequeño llora, la incomodidad de verle sufriendo hace que a su alrededor se accione el movimiento: “dale esto, que no llore”, “llévale allí que no llore”, se le intenta distraer o bien se le pide directamente con voz en diferentes tonos, ¡no llores! El niño puede concluir que llorar atrae la atención del entorno, moviliza al personal, el llorar puede ser internalizado como una herramienta para conseguir cosas y sin duda puede aprender también que llorar delante de la gente es algo que no gusta, que incomoda y crece creyendo que llorar “no está bien”.
A veces la expresión de nuestros sentimientos supone una carga para el entorno. No es difícil encontrar casos en los que la persona que escucha no puede soportar el relato y pone fin a la secuencia levantándose con cualquier excusa, “uy qué tarde, me voy que además estarás cansado” o diciendo cosas como “déjalo ya que esto no te viene bien”, “no cuentes más que lo pasas mal”, o “bueno, lo mejor es pasar página” incluso encontrar el efecto “mira, mira un pajarito”, cuando se saca otro tema para cambiar de conversación… La persona que necesita hablar queda colgada, con una gran sensación de rechazo y frustración encima. En esos momentos ¿no sería más sano expresar la propia dificultad por asimilar el relato que decidir lo qué le viene bien o mal al otro? El mensaje de vuelta sería algo durito y directo pero vendría a ser algo como: Ocúpate de ti, no me hagas la tarea, si no puedo con ello yo mismo dejaré de contar. Nadie me está obligando.
Un niño llora cuando cuenta a su madre cómo se siente con algún compañero del colegio, la madre al escucharle se emociona y llora, el niño levanta la cabeza y dice, “mamá, ¿por quién lloras, por ti o por mi?” Ante la respuesta “por mí”, el niño dice aliviado, “¡menos mal! y se abraza a ella.
Un adolescente con problemas serios plantea en una sesión sus dificultades, cuando se le pregunta si ha comentado algo en su casa (conociendo el interés de sus padres por ayudarle) su respuesta es: “No por favor, los conozco, sufrirían tanto que no puedo soportarlo”.
Es una pena que nos perdamos la ocasión de estar al lado y de apoyarnos en las personas a las que queremos porque éstas sufren “por nosotros”, o porque nosotros “sufrimos por ellas”. Uno tiene derecho a cuidarse y a evitarse dolor, no se aboga en este artículo por bombardear el sistema personal, todo lo contrario, sólo creo que es más higiénico responsabilizarse de lo propio y enfocar el tema diciendo/se: “Sufro cuando fantaseo/creo que hago sufrir, o sufro cuando veo sufrir a alguien que quiero”. Ahí la otra persona puede expresar también lo que siente, “sufro cuando tu sufrimiento me impide expresar lo que siento”, “sufro cuando priorizas tu sufrimiento y me apartas de ti” o cuando me juzgas como un empalagoso compulsivo cuando necesito decirte con palabras, además de con hechos que te quiero.
En muchas ocasiones no reaccionamos a lo que la otra persona refiere sino que nuestra reacción va dirigida a lo que entendemos de lo que la otra persona expresa. Cotejar con el otro lo que uno entiende suele ayudar a establecer un contacto más en tierra, ayuda a no terminar atribuyéndole al otro aquello que no ha dicho.
En otras ocasiones nos enzarzamos en buscar que el otro cambie su modo de pensar. Muchas veces nos peleamos con nosotros mismos por no ser capaz de expresar lo que sentimos y por sentirnos malinterpretados. A veces nuestras intervenciones bloquean la comunicación y nos quedamos con una carga de culpa innecesaria.
En una sesión una madre cuenta su preocupación por la actitud de su hijo de 7 años “que no cuenta nada en casa”. Se le ve taciturno, malhumorado y cada vez que ella se aproxima a él para intentar saber qué le pasa, recibe su rechazo. Un día él se acerca y sin más le dice, “no estoy bien… es que…quiero que se muera mi hermano pequeño”. La madre se echa a llorar y le contesta ¡¿pero cómo puedes decir semejante burrada! ¡pero qué clase de monstruo he parido?!. El hijo se retira a su cuarto llorando. La culpa se hace hueco en los dos protagonistas. Desde el enfoque en el que trabajo el lenguaje, como herramienta potente de comunicación, suma y tiene efectos terapéuticos para la persona. En este caso se anima a hacer otra aproximación diferente al tema que plantee el hijo, sería la siguiente: “¡Qué mal lo debes estar pasando!”. De este modo, la otra persona puede sentir el alivio de que se acoja su sentimiento, por negativo que este sea, puede sentirse acompañada, probablemente desde ahí pase a contar más sobre su dificultad, si no hay juicios, si hay una búsqueda de comprensión del sentimiento del otro, sea éste el que sea. Añadido a esto y hablando sobre “mi hijo no me cuenta nada suyo”, es curioso el giro que suele dar la situación cuando uno se pregunta ¿qué estoy sembrando yo? ¿qué le cuento yo a mi hijo de mí?
En nuestra sociedad se potencia “lo bueno”, “lo bonito”, “lo brillante”, “lo atractivo”, “lo joven”, “lo productivo, lo nuevo”; “lo feo” “lo conflictivo” es molesto, incómodo y se aparta de un manotazo, se acumula en la sombra o se edulcora, se pinta de rosa para disimularlo y que no se vea. El asumir los sentimientos propios sin categorizarlos, aceptar que dentro de una persona coexiste la grandeza con la pequeñez, la gloria con la miseria es, en mi opinión, un signo de madurez. Entender que si eso ocurre dentro de uno a los demás les pasa algo similar ayuda a ponerse en el lugar del otro. Facilita el encuentro real entre las personas[1].
Bien, de nuevo la complejidad llama a la puerta, hay tantos casos que al final tengo sensación de tocar por encima los temas y perderme en ellos. Espero haber sido capaz de comunicar y que algo de lo que he dejado sirva a alguien para algo. Seguimos en camino.
Belén Pérez de Prado
[1] Tengo intención de tratar este tema apasionante del conflicto y su gestión en una próxima entrada.


!Que gozada encontrar este blog tuyo Belén! Es para quedarse y leer con tranquilidad. Lo haré, sin duda, pero quería decirte la alegría que me he llevado. Un beso enorme. Aunque hace tiempo que no sabemos una de la otra, siempre te recuerdo como alguien muy especial. Un beso enorme
Olga