Belén Pérez de Prado

Orientacion- Asesoramiento- Supervisión- Coaching

Pareja y complejidad; Reflexión (3)

 

 

En el final del anterior post se planteaban algunas preguntas. ¿Cómo hacer? ¿Qué pasos seguir para aumentar esa consciencia personal? Conocer qué actitudes son venenosas en la relación puede facilitar deshacer nudos internos. En realidad, se sabe que uno nace abierto al mundo, se heredan creencias de los mayores y se asumen como propias las normativas dirigidas en un principio a “enderezar el tallo” y con ellas se acaba por retorcer el tronco y convertirlo con los años en una parra seca, dolorida, que se pliega sobre si misma.

 

Toda la complejidad a la que nos enfrentamos podría simplificarse si acudimos a un verbo: Desaprender. Tomaré como ejemplo un aspecto, el de los juicios, que sirva de modelo de aproximación al tema.

 

 

JUICIOS SUMARÍSIMOS.

 

Me desconozco y sé de mí.

De mi cielo y mi infierno,

de mis opciones y sus consecuencias.

Sé de mis ternuras y durezas,

Conozco mis dolores y renuncias,

fragmentos de extensión en mi geografía humana.

 

Ni se te ocurra venir a mí con tus juicios,

no me encontrarás en tus interpretaciones.

No te entretengas en valorar mi universo ni para bien ni para mal,

Mejor…, acéptame, siéntate a mi lado,

balancea tus piernas sobre el vértigo de ser,

y si así lo decides

háblame de lo que sabes y desconoces de ti.

Ahí sí encajaremos…

 

Belén.-

 

 

En este aspecto confluyen varios elementos como la importancia de hablar desde el yo. No es lo mismo decir “tú mientes” que “yo no te creo”. No es igual dar una visión personal desde el “yo” sobre el otro, que arrancarse por peteneras y dedicarse a dilucidar y concluir el diagnóstico de lo que le pasa a la otra persona.

Los juicios atan, asfixian, minan la confianza. Proliferan los videntes, los predictores, las bolas de cristal parecen andar de mano en mano con una ligereza que espanta, se echa mano de recetario de consejos y los “ONGs móviles” hacen sonar su sirena cuando menos se desea. En ocasiones apetece susurrar o gritar: “¡Líbreme yo misma de los ayudadores compulsivos…!, sé pedir cuando necesito algo. No me ayudes, hazme el favor, deja que me pierda en mis preguntas hasta encontrarme en mis respuestas, estoy en buenas manos, las mías. No te preocupes por mí más que yo misma. Sólo quiero compartir mi duda, mis encrucijadas, no corras con el “kit de auxilios inmediatos”, gracias pero no, gracias; déjame como estoy.  No me definas, no me hagas la tarea, no me enclaustres en cuatro ideas, soy probablemente parte de lo que dices y mucho, mucho más.”

 

 

La tendencia a enjuiciar se lleva dentro, el juez personal que evalúa y clasifica pensamientos, sentimientos y hechos se suele interiorizar desde la infancia y con él se hacen estragos. Diferentes personalidades parecen pugnar por salir en momentos determinados, y escucharse pasa a veces por necesitar parar el guirigay del diálogo interno. En cada momento elegimos dar prioridad a un personaje interno, el “muñequito” tiene sus propios parámetros de funcionamiento y trae con su actuar consecuencias concretas. El profesor Jesús Hernández Aristu habla de autoridades internalizadas, Oliverio Girondo en Espantapájaros. Editorial Losada. Buenos Aires 1968 expresa esta multiplicidad de actores de la siguiente manera:

 

“Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades. En mi, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad. Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda.

Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C. ¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera! Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan. ¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo – me pregunto – todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?

El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues mis profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia…de un egoísmo… de una falta de tacto… Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no
señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas. Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, que antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.”

La evaluación normativa hacia uno mismo no queda ahí, por desgracia suele trasladarse a los demás. Se hace desde los parámetros personales sobre lo que “tiene que ser” (ante lo cual uno puede preguntarse: ¿quién lo dice? ¿dónde está escrito?), cuando se habla sobre “lo que es normal” (animo a pensar: ¿normal? ¿para quién?). A esto se le añade la expectativa de que la otra persona sea como uno cree que debe ser, en algunos casos esto es peor todavía, se espera que el otro sea como uno cree que tiene el derecho a exigir que sea.

 

 

Es habitual encontrar reproches y ver enfados por que la otra persona no encaja en el puzle de la idea propia. Una de las actitudes más dañinas es la de dar por hecho que el otro debe saber lo qué le agrada y molesta al uno y además esperar que el otro actúe de y de la manera “adecuada”, es decir: la esperada, y para más inrri, sin que se lo pidan ni le den indicación alguna de por donde tirar. Se escuchan frases como “ Desde luego …lo que debería haber salido de ti…”, el otro no sólo debe cumplir el guión sino además hacerlo como y cuándo uno espera que sea cumplido. Si “acierta” ¿zanahoria y caramelito?, si no ¿gong y rapapolvo?.

Las expectativas que no se explicitan son directamente una trampa para la persona a la que decimos amar. Con las que sí se explicitan el otro al menos uno tiene abierta la opción de dejar claro qué parte sí quiere cumplir y cual no, tiene opción a matizar, a pedir que se concretice, al menos de esta manera tiene las manos libres para actuar como así decida hacer.

 

En su momento descubrí lo interesante y necesario que es revisar el conjunto de normas que se llevan selladas en lo personal para tener claro cuales son las áreas en las que uno encalla y en las que el respeto brilla por su ausencia, cuales son las zonas en las que se puede mejorar y en cuales nos permitimos una mayor libertad así como en qué aspectos uno necesita actualizarse eliminando viejas normas de funcionamiento que pudieron ser útiles en el pasado pero que ya no tienen sentido en el aquí-ahora.

 

Se trata de hacer limpieza general de modo que las normas se reconviertan en guías, de manera que el obligatorio “tienes que…x…” se convierta en el liberador “cuentas con la posibilidad de…x…. si así lo eliges”. De uno mismo depende en qué cárceles se mete, tal y como un proverbio chino dice[1]: No podemos impedir que los pájaros negros vuelen sobre nuestras cabezas, pero sí que aniden en ella.

Uno no es responsable de lo que el otro piensa, siente, desea o espera. Uno no “tiene por qué” cumplir las expectativas del otro. Uno no tiene por qué sentirse culpable y menos válido por no ser quién el otro espera que uno sea. Uno tiene derecho a decir basta, a decir no, a decir “ahora no es mi momento”. Vaciarse en el otro, perderse al pretender agradar a toda costa, acusar y culpabilizar tanto a uno mismo como al otro, tiene unos residuos y un precio muy, muy caro que la persona y la relación, tarde o temprano, acaban pagando.

 

 

Belén Pérez de Prado



[1] Salomé Jacques y Galland Sylvie  Si me escuchara me entendería. Editorial Sal Térrea. Santander 1990

26 Julio 2008 - Publicado por Belén Pérez de Prado | General | | Aún no hay comentarios

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