Zakhar: Recuerda recordar
Ver Sin Destino, ópera prima de Lajos Koltai basada en la novela homónima de Imre Kértesz, supone contar con la posibilidad de sumergirse de pleno en la zona gris, en lo que Risa Sodi [1]define como “el espacio oscuro entre lo bueno y lo malo”. El mensaje de la obra lanza el testigo al público y le ofrece en bandeja una posibilidad de reflexión que oscila entre convertirse en juez, en parte y ser las dos cosas e incluso ninguna. El director novel usa un lenguaje cinematográfico que parece dominar la oportunidad de la imagen y de la palabra así como la efectividad del silencio para crear un clima en el que poder mirarse por dentro.
La película logra una transmisión efectiva de sentimientos de exceso, de dolor, de absurdo y de barbarie hasta tal punto que se traduce en incredulidad. El temor de no ser creídos y la dificultad de transmitir el horror que se vivió en los campos de exterminio de la Alemania nazi parece ser un denominador común en aquellos que experimentaron en primera persona. Enrique Vandor[2] expresa: “Las experiencias de este tipo provocan cierto mutismo entre quienes las han sufrido porque, ¿puede alguien comprender que todo un pueblo quiera exterminar a otro?, ¿hay alguien que pueda entender un horror así?”. Primo Levi[3] hace referencia a este aspecto cuando relata lo escuchado de los nazis “…aunque alguna prueba llegase a subsistir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos”. En realidad tal y como expresa Sodi ”las auténticas víctimas, los müselmanner no están presentes, fueron cremadas, aniquiladas, fueron sombras”
A estos tipos de incredulidad se le suma otra, la que genera odio y rabia hacia uno mismo por la propia actitud sumisa o connivente. La película bombardea posibilidades de revisión personal y colectiva. La travesía al infierno del protagonista que él mismo niega porque “el infierno no existe pero Auschwitz sí”, es un viaje colectivo que envía un inquietante mensaje, ¿cómo acomodar el pasado para poder vivir el presente sin temor a que lo ocurrido se repita en el futuro?
Es sobrecogedor leer en una de las paredes del Memorial del Holocausto en Berlín, las palabras de Primo Levi: “Si ha ocurrido una vez puede volver a suceder en cualquier momento”. Con el respeto y el escalofrío que supone visitar el campo de concentración de Sachsenhausen, se tiene consciencia de la fábrica de la muerte que supusieron los campos de exterminio y se percibe con claridad el salto que en la historia se ha dado al concepto de “la industria del Holocausto” existe un camino recorrido que nos indica cómo el ser humano es capaz de rentabilizar su historia.
Lyotard[4] expresa “el hombre sabe que el saber, cuando se convierte en mercancía informacional, es una fuente de ganancias y un medio de decidir y de controlar”. La cantidad de dinero que mueve la industria del holocausto es cuanto menos vergonzosa, mientras tanto sabemos que en numerosas ocasiones los supervivientes acaban no pudiendo soportar su existencia y recurriendo al suicidio, algo que no se descarta en la película al presenciar los pasos del niño viejo sobre una ciudad demolida y apaleada.
Como civilización hemos experimentado el ascenso y la caída del mito de Prometeo, parece que el “eterno retorno” se ha instalado entre nosotros, el tropezar en las mismas dificultades nos lleva a parapetarnos en la zona gris de la incredulidad. Una metalectura de la película podría llevar al espectador a preguntarse cuáles son las zonas grises que acompañan a los tiempos en los que vivimos. ¿Cuáles son los temas ante los cuales hoy se mira para otro lado?, ¿En cuáles de ellos estamos implicados por acción o por omisión?, ¿Qué asuntos tildamos de increíbles, cuáles de imposibles de solucionar para asegurarnos cierta tranquilidad de conciencia? ¿De qué modo alimentamos una individualidad exacerbada, enfermiza? ¿En qué temas somos víctima verdugo? ¿De qué manera colaboramos para engordar el mal estructural que nos aqueja? ¿Puede comprenderse por ejemplo que ayer mismo, una mujer caiga, convulsione y muera en una sala de urgencias delante de la mirada de personas impasibles? Esa zona, llena de lo que Primo Levi llama “criaturas obscenas y patéticas” parece estar más presente en la actualidad de lo que pudiera parecer. Lyotard pregunta: ¿Dónde reside la legitimidad después de los relatos?. La generación de seres humanos que piden la comprensión y el apoyo necesario para cauterizar las “heridas de muerte”, las que forman parte del presente de millones de damnificados por la violencia en todo el mundo, ante las cuales nadie debería permanecer impasible desafortunadamente se sigue regenerando constantemente.
En confrontación al recuerdo, subjetivo y personal, la memoria toma un sentido trascendente y común que busca la perdurabilidad de todo aquello que por equidad no debe ser obviado. Por ello, películas como Sin Destino son imprescindibles; la deuda del horror debe repararse en todos los ámbitos posibles; los sistemas jurídicos, educativos, políticos y religiosos deberían compartir una línea común, la experiencia debería transmitirse en las escuelas, debería hablarse tantas veces como sea necesario, hasta que la lección de consciencia quede grabada en la memoria colectiva.
Se debería quizás diferenciar entre la necesidad catártica de contar lo vivido para poder cerrar la experiencia de un modo digno, y la obscenidad de la explotación, del regodeo, de la exaltación y estetización de la muerte.
[2] E. Vandor, húngaro que colabora en la promoción de la película, conocedor del espanto de la guerra.
[3] Primo Levi en su prólogo de Los hundidos y los salvados
[4] Jean-François Lyotard La condición postmoderna Madrid: Cátedra. Colección Teorema. Serie Mayor


Me ha parecido un articulo excelente. De una sobriedad y economía lingüística que lo hace aún mucho más interesante.
Con tu permiso, lo recomiendo en mi blog.
Al leerlo se me fue la memoria a Palestina.